septiembre 09
Damero / 2004

Marcel es el excéntrico propietario de un bed and breakfast, sin breakfast, en el centro de Amsterdam, que responde al estupendo nombre de Marcel´s creative room. Es artista, claro. Nos habla con entusiasmo de una de sus pasiones de Amsterdam: el Stedelijk Museum, el museo de arte contemporáneo de la ciudad. Con expresión apesadumbrada nos informa que lo están remodelando desde hace mucho tiempo (¡demasiado!) y su extraordinaria colección permanece por lo tanto oculta a los ojos del público. Pero nosotros somos afortunados: acaban de abrir unas pocas salas para un reducido número de visitantes diarios. Doscientas personas, añade con excitación, doscientos privilegiados pueden asomarse a este mundo fascinante de la creación contemporánea.

Llegados al hall del Stedelijk, un educado joven nos explica que lo único que podremos ver es una exposición de arte conceptual y unas cuantas salas vacías del edificio, en fase de remodelación. Sospecho que lo hacen por una cuestión legal, no sea que después la gente les demande o exija la devolución del precio de la entrada. La verdad es que pagar diez euros por ver un vídeo en el que tres campesinas ucranianas gesticulan al unísono siguiendo las órdenes de un operador invisible es excesivo. Una vez más constato el increíble desequilibrio entre el continente y el contenido, entre el coste de las obras y lo que exponen en esta escenografía tan cuidada.

Lo que sucede a continuación es curioso: las salas vacías son mucho más interesantes conceptualmente que las otras. Después de ver aquellas frivolidades el vacío es de lo más sugerente. El espacio tiene calidad, las salas están bien proporcionadas, la madera del suelo respira mientras la luz de la mañana entra limpiamente y se refleja sobre el barniz del entarimado. Los escasos visitantes navegan por el improvisado damero diseñando jugadas espaciales. Ahí un alfil, alto, delgado, atraviesa el espacio en diagonal; en el marco de una entrada entre dos salas un vigilante uniformado no le quita el ojo de encima y da dos pasos a su izquierda, enfilando de paso la casilla de la Reina; un poco más allá una figura solitaria mira de soslayo a Teresa, que está, inmóvil, a la distancia exacta del salto del caballo, considerando si vale la pena comérsela o ir hacia otro lado. Afortunadamente opta por darle la espalda y mirar por la ventana; lo que no advierte es que dos peones, disfrazados de inocentes niños rubios, se acercan amenazadores hacia él. Lentamente, por la espalda. Decididos.

¿Será ésta la exposición? ¿Hay una mano invisible orquestando esta pantomima genial? ¿Tiene razón Marcel?

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