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Foto Maria Alzamora

Si lo he entendido bien esta historia empieza en 2011, cuando Ricardo Llorca daba clases de composición en la Juilliard School, de Nueva York, y cada día, camino de la escuela, pasaba cerca de la acampada de los Indignados en Wall Street. Y casi cada día escuchaba una batucada. Decidió que algún día haría algo con este material, fascinado por la capacidad de transmisión de este sonido primitivo, atávico, que va directo al estómago. Una llamada a los orígenes, al margen de la sofisticación intelectual que, a veces, nos engaña.

“Esto no es una crisis, ¡es una estafa!”, clamaban los indignados de medio mundo.

Todos los creadores son obsesivos (unos más que otros, diría Orwell) y el sábado por la tarde, en el Palau de la Música de Barcelona, una batucada de ocho miembros irrumpió con estrépito por el patio de butacas y, ante la estupefacción general, se instaló en el escenario, entre los componentes de la Orquestra Simfònica del Vallès, bajo la circunspecta mirada del busto de Beethoven, situado debajo de una alegoría wagneriana esculpida por Diego Massana y Pablo Gargallo a principios del siglo XX en el marco derecho del proscenio. También había un coro y un grupo de percusionistas experimentales, si se les puede llamar así. En el escenario estaban más apretados que en la platea.

Siempre me fijo en los extremos de las orquestas. Me inspiran ternura y respeto. En este caso eran violinistas de distintas generaciones. ¿Qué harían el resto de los componentes, director y solistas incluidos, sin su protección? Los arropan, los protegen, están ahí, pueden confiar en ellos.

La mayor parte de lo que verdaderamente me interesa sucede en los límites de la sociedad, en los márgenes del mercado. En la periferia de la actualidad.

La excusa que propone Ricardo Llorca para esta insólita colaboración se llama Borderline, como no puede ser de otra manera, y la interpretó la OSV, dirigida por James Ross, un tipo encantador, con pantalón de pana marrón y polo de manga larga azul oscuro, con el inestimable concurso de Rosa Torres-Pardo al piano, que iba de negro, con un luminoso pañuelo de seda rojo alrededor del cuello. Fantástica combinación de sonidos y estilos. Desde el traje largo (negro, por supuesto, que vestía una violinista de larga cabellera rubia que era una réplica exacta de Daenerys, de Juego de Tronos), hasta la sudadera y la gorra de béisbol, pasando por el tejano y la camiseta negra reivindicativa. Traducido a lo musical: un toque de minimalismo sinfónico con intérpretes convencionales, un grupo de percusionistas atípicos, a touch of class a cargo de la pianista, una solista de lujo, que aportaba melodía como contrapunto a la música contemporánea, y la sorpresa de la velada: la batucada.

El programa lo completaba la Novena Sinfonía de Beethoven. Me sorprendió que la batucada se quedara en el escenario. Pero lo hizo. James les invitó a tocar con ellos. Apareció cuando la obra amenazaba con olvidarse de ella y aportó, cada vez que intervino, contundencia, precisión y una energía difícil de obtener por los cauces tradicionales.

La segunda parte de la Novena fue apoteósica. Adagio molto e cantabile. Finale. Presto. Allegro assai. Como no cabían en el escenario (es un decir) dos grupos del coro se instalaron detrás del público lateral del primer anfiteatro, a ambos lados, consiguiendo un sonido cuadrofónico espectacular. Los batucos acudieron, fieles a la cita. Deberían estar en nómina. James Ross no quería que bajáramos de allí donde nos había enviado y nos regaló un Himno a la Alegría emocionante, rematado por un inevitable Els Segadors, con la que está cayendo, coreado por buena parte del público.

Me imagino al joven alto, con barba y moño, el de la sonrisa relumbrante, ligando con una chica en un bar musical del Born y explicándole que es miembro de Brincadeira, un grupo de batucada. Ella asiente, interesada, el chico le gusta, mientras se acaricia distraídamente el piercing del labio inferior con la mano izquierda. Llevamos más de diez años tocando juntos, le explica, abusando de su sonrisa, no sólo en Barcelona. Hemos viajado por media España y por parte de Europa. ¡Incluso hemos tocado en el Palau! ¿En el Palau? Sí, dice Marc con parsimonia, tocamos música contemporánea con Rosa Torres-Pardo y la Novena de Beethoven con la Orquesta Sinfónica del Vallés, con un lleno total.

El hombre que obró el milagro de llevarlo desde una cancha de baloncesto del sur de Manhattan al escenario del Palau se llama Ricardo. Acaso sea también el responsable de lo que está a punto de pasar entre la chica del piercing y Marc.

 

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