imagine
Foto Maria Alzamora

Hace muchos años fui un soñador, un hippie, y viví una vida marginal sin teléfono ni televisión. Habité una casa en medio de la montaña que por no tener no tenía ni cuarto de baño. Tampoco había agua corriente y cuando hacía frío nos lavábamos con un barreño en el suelo, junto a la chimenea, como en los cuadros de Bonnard. Teníamos, eso sí, unas vistas magníficas y por la mañana con frecuencia veíamos el campanario del pueblo emerger entre las nubes, mientras en la ladera de nuestra montaña lucía el sol. Hacíamos el amor a cualquier hora del día y cuando la niebla se disipaba podíamos ver a la humanidad entera dándose de hostias todo el tiempo, organizando guerras sin descanso para sostener su forma de vida y mirando hacia otro lado cuando no les interesaba ver las consecuencias de lo que habían hecho.

Ha pasado mucho tiempo, he bajado de la montaña y me he mezclado con los hombres y las mujeres que habitan el valle, pero una parte mía se ha quedado ahí arriba para siempre. Por esto a veces estoy tan triste.

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