menina cubista IV (copia)

A mi padre le cogió la guerra por sorpresa en Barcelona (era de Palma de Mallorca), a los veintidós años, recién acabada la carrera de Aparejador. Fue reclutado y nombrado teniente del cuerpo de Ingenieros. Se dedicó a construir fortificaciones. Dos años más tarde ascendió a capitán. Poco después, estando en Barcelona de permiso, se organizó un desfile y le pidieron que participara, pero no pudo hacerlo porque no sabía desfilar.

Quiero decir que no era un militar profesional, sólo un joven mareado por la Historia.

Le tocó perder y pasó a Francia por Portbou, atravesando los Pirineos al mando de un camión atiborrado de desgraciados como él. Me contó que el avance de la larga columna de gente de toda edad y condición que huían de las tropas fascistas era tan lento que hizo casi todo el recorrido caminando junto al camión, cediendo su asiento en la cabina a una mujer con dos niñas pequeñas.

Acabó en un campo de concentración en Argelés, en la playa, en invierno, con un frío glaciar, custodiado por tropas senegalesas francesas. Por una de estas ironías del destino, logró salir al cabo de unos meses, que se le hicieron insoportablemente largos, gracias al dinero que le hizo llegar nada menos que Juan March, “el banquero de Franco”, amigo o conocido de su familia, y a la ayuda solidaria de unos parientes que residían en aquel momento en Biarritz. Después de barajar varias posibilidades, entre ellas México, decidió regresar a España a la primera oportunidad que se le presentó. Como tantos otros no hablaba nunca de su pasado republicano. El silencio de los vencidos era ensordecedor.

La playa de Argelès-sur-Mer está a dos kilómetros del pueblo. Ochenta mil republicanos fueron recluidos en un amplio recinto rodeado de alambradas y sacudido por la Tramontana, un viento del Norte que baja por el Ródano y va ganando velocidad hasta que llega a esta zona del Mediterráneo, donde sopla con gran violencia. El mar, en cambio, amenaza desde Levante, y son famosas sus “levantadas”, que han provocado muchos naufragios, empujando a las embarcaciones contra la costa. El Golfo de León es respetado y temido por los navegantes a lo largo de toda la historia. Imagino a mi padre con veinticinco años, aterido de frío, contemplando con tristeza el mismo mar que baña su Mallorca natal. Está fumando, sin tragarse el humo, nunca aprendió a hacerlo; se gira y tiene ante sí la imponente silueta del Canigó, el pico más alto de esta zona de la cordillera pirenaica, que parece el de un águila con las alas extendidas, al menos desde donde yo vivo, un poco más al sur, al otro lado de la frontera.

Las condiciones de vida del campo eran miserables, el agua insalubre y escasa y la comida insuficiente para tanta gente. La mortalidad infantil fue enorme y la inseguridad de las mujeres, expuestas al capricho de sus vigilantes, brutal.

Mi padre formó parte de un éxodo de refugiados sin precedentes hasta aquel momento en Europa. Se instaló en la zona militar, un poco más organizada que la civil, porque los galones jerarquizaban aquella multitud de hombres desamparados, y pudo disponer del raro privilegio de dormir bajo cubierto en un camión inutilizado que, como muchos otros, había llegado milagrosamente hasta allí. Sorteó la epidemia de disentería y la de escorbuto, pero no pudo librarse de la sarna, que lo martirizó durante semanas; probablemente meses. Nunca me dijo cuánto tiempo estuvo en este lugar tan parecido a los campos de Lampedusa y Lesbos de nuestros días, por no hablar de los que hay en territorio turco, financiados por una Unión Europea que participa activamente en las guerras de Oriente Medio y en los desórdenes políticos, sociales y económicos del Norte de África, pero mira hacia otro lado cuando de lo que se trata es de gestionar sus consecuencias.

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