147 el color de la música (copia)

La pintura y la música son disciplinas muy diferentes, a pesar de tener en común el color, el ritmo, la armonía, la composición y la posibilidad de exaltar el alma, como diría David Miró, nieto del pintor. Sin embargo, las artes plásticas gozan de una libertad mucho mayor para entronizar a sus miembros más relevantes, mientras que los músicos lo tienen un poco más difícil: antes tienen que aprender un oficio.

En la pintura y la escultura -no digamos en las perfomances– abundan los genios en una proporción abrumadoramente mayor que en la música o la literatura. Yo no creo mucho en ellos, aunque disfruto con sus genialidades. No es lo mismo hacer un trabajo genial que ser un genio, afortunadamente. Lo primero puede y debe ser circunstancial, porque no deja de ser un adjetivo calificativo, desde luego muy potente, y lo segundo no se sabe muy bien lo que es.

Quizás esta sea la razón por la que la mayoría de los intelectuales se sienten más a gusto con Vermeer, Tiziano o Ingres que con Koons, Barceló y Keefer, porque los primeros, como los músicos y los escritores de todas las épocas, incluida la nuestra, tuvieron que aprender un oficio, como cualquier mortal. Con maestría, que es la antítesis de la torpeza. Con arte, que es lo contrario de la banalidad.

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