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Hiroshi tiene la lengua afilada y pocas ganas de perder el tiempo.

Yo acababa de tener una conversación muy interesante sobre escultura con Manuel, un profesor de universidad que me acababan de presentar. Estábamos cómodamente sentados junto al fuego, yo con una cerveza en la mano y él con una copa de vino tinto, en el pequeño cottage ampurdanés de unos amigos comunes, mientras esperábamos una cena que improvisaron con habilidad y talento nuestros anfitriones. Coincidimos en que la escultura vasca es un referente mundial en el siglo XX. Él sabía de lo que hablaba, tiene ascendencia navarra y hay algo genético en el discurso de Oteiza. Luego, me habló de unas clases que estaba dando sobre la luz en tres dimensiones. Pensé en algunas obras dibujadas con neones, que conozco mal, pero enseguida fue un poco más allá y me dijo que estaban tratando la luz como objeto. El listón subió considerablemente y tuve que concentrarme para seguir su explicación. Saltamos de un tema a otro, nos conocimos mejor y aterrizamos en Ramon Llull. ¿Por qué no? Y en Shönberg, del que no sé absolutamente nada pero que Manuel relacionó hábilmente con Llull.

Estaba, pues, intelectualmente preparado para cualquier conversación que se me presentara. Nos pusimos todos de acuerdo – éramos una docena larga de personas humanas – y cambiamos de posición. Yo acabé de pie, junto a la mesa redonda de la cocina, integrada en el salón, apoyado en la encimera. Tenía a mi izquierda, sentados, a Hiroshi y Mireia, la mujer de Manuel, que se sentó a mi derecha y entabló conversación con el resto de la mesa. Hiroshi le habló a Mireia de mi blog, de la frescura de mi escritura y de la originalidad de mis planteamientos. El tema era tan apasionante que no tuve más remedio que participar, añadiendo comentarios que me parecieron humildes y oportunos. El vino corría generoso. Lo que no le gusta a Hiroshi es que dedique tanto tiempo a criticar el entorno del arte contemporáneo. “¿Por qué pierdes el tiempo con esto?”

Se giró ostensiblemente hacia mí y me preguntó qué me interesaba más: la pintura, la escultura o la literatura. No recuerdo mi respuesta. Empezaba a verme superado por su exuberancia verbal. Entonces habló de la importancia de la palabra en mi obra. Se animó y añadió que sin la palabra mi obra no es nada. Agucé el oído. ¿Era una crítica? ¿Es por esta razón que he recurrido a la escritura? ¿Porque necesito comunicar una verdad que la pintura y la escultura sólo satisfacen a medias?

Luego habló de nombres. Las Meninas. Rothko. Ramon Llull. Albéniz. Pero… ¿dónde está ALZAMORA? Lo dijo así, con mayúsculas. Balbuceé que quizás estos nombres son excusas que utilizo para hilvanar un discurso personal, pero no sonó del todo convincente. Insistió: Velázquez, Llull, Rothko, pero … ¿DÓNDE ESTÁ ALZAMORA?

Buena pregunta.

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