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En nuestro mundo obsesionado con las estadísticas, los promedios y las mayorías, tendemos a medir el grado de inhumanidad de las guerras por medio del número de víctimas. Tendemos a medir el mal, la crueldad, el escarnio y la infamia de la victimización por medio del número de víctimas. Pero en 1944, en medio de la guerra más criminal en la que se hayan enzarzado los seres humanos, Ludwig Wittgenstein señaló:

Ningún grito atormentado puede ser mayor que el grito de un solo hombre.

O mejor, ningún tormento puede ser mayor que el que puede sufrir un solo ser humano.

Todo el planeta no puede sufrir un tormento mayor que una sola alma.

Medio siglo más tarde, presionada por Leslie Stahl de la cadena de televisión CBS, quien la interrogaba acerca del medio millón de niños que murieron como resultado del constante bloqueo estadounidense a Irak, Madeleine Albright, entonces embajadora estadounidense ante las Naciones Unidas, no negó la acusación y admitió que había sido “difícil tomar esa decisión”. Pero la justificó: “pensamos que valió la pena pagar ese precio”.

Seamos justos: Albright no estaba ni está sola en su razonamiento. “No se puede hacer una tortilla sin cascar huevos” es la excusa favorita de los visionarios, de los voceros de las visiones respaldadas oficialmente y de los generales que actúan a instancias de estos voceros. Esa fórmula se ha convertido, con el paso de los años, en un verdadero lema de nuestros valientes tiempos modernos.

Amor líquido / Zygmunt Bauman

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