estudio sobre el poder temporal II
Estudio sobre el poder temporal II / 1995

“Gnosis” se traduce indistintamente como conocimiento e intuición, según el contexto o la voluntad del traductor, y a mí me gusta traducirlo como el conocimiento derivado de la intuición, que me parece más certero que el puramente empírico (si se puede decir así), sobre todo a la hora de abordar temas espirituales. O creativos. Desde mi particular punto de vista, identifico al artista con el gnóstico, mientras relaciono la ortodoxia con el mercado y la moda que, a modo de doctrina, éste promueve y explota.

El conflicto entre gnosticismo y cristianismo católico romano se produjo cuando la jerarquía -en la que al principio abundaban los gnósticos, pero cuyo número e importancia fue declinando progresivamente a medida que aumentaba la influencia de los ortodoxos- quiso imponer el ejercicio obligatorio del dogma sin excepciones, con el único fin de afianzar un poder temporal al que se habían vuelto adictos.

Ramón Llull define esta actitud magistralmente: “La salvación no puede comprarse, pero sí puede venderse”.

El tema de los mártires, por ejemplo, fue objeto de discusión; “los muchos”, liderados por los ortodoxos, aseguraban a los cristianos perseguidos que si no abjuraban de su fe y asumían el castigo, en caso de ser detenidos, Dios les perdonaría todos sus pecados terrenales e irían directamente al cielo, sin parada obligatoria en ningún purgatorio. Esto proporcionaba a los jerarcas un ejército de fieles fanatizados de indudable valor estratégico, valor que más tarde supieron rentabilizar hasta conseguir oficializar su religión en el marco del Estado. Los gnósticos (“los pocos”), sin embargo, discutieron desde el principio la cuestión al considerar que la culpa o la responsabilidad de los actos pasados no pueden ser nunca un simple objeto de negociación, ni con Dios ni con sus supuestos representantes, acusando a la jerarquía eclesiástica de hacer análisis simplistas por razones políticas.

Al final ganaron los más brutos, como siempre. Prisciliano de Ávila, obispo gnóstico, fue ajusticiado en la hoguera por orden de Isidoro de Sevilla, obispo. Una vez más acabó imponiéndose la colectividad, más dócil y compacta, frente al individuo. Uno se lo cuestiona todo y hace de este cuestionamiento el objeto de su búsqueda personal, los otros simplemente obedecen un dogma que con frecuencia trasciende su naturaleza espiritual para acabar acatando otros dogmas que poco tienen que ver con el primero. De eso al fundamentalismo hay un paso.

De modo que, frente a este peligro real, aspiramos a ser como Prisciliano mientras sonreímos prudentemente a Isidoro.

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