cris y max
Foto Maria Alzamora

Los conciertos íntimos tienen algo especial. Cris y Max lo prepararon con mimo. Voz, coro, guitarra acústica y eléctrica, ukelele, flauta travesera, teclado, una especie de xilofón que no recuerdo como se llama, que es casi un juguete, y un elemento primo lejano de una maraca improvisado en la cocina, con un bote de cristal y algo dentro que al agitarlo producía un ruido sordo y sincopado. Y un guión: trece canciones compuestas por mujeres. Y una reivindicación: solo uno de cada catorce hits musicales está firmado por una mujer. A día de hoy, quiero decir no a lo largo de la historia, sino con una estadística que Max ha elaborado con datos de los últimos cinco años.

Fue un concierto diferente. Las veinte o veinticinco personas que ocupamos el improvisado aforo -un salón doméstico convertido en auditorio, con una acústica impecable- disfrutamos de este regalo que nos ofrecieron dos músicos entregados a la causa de la poesía y la sensibilidad. La maravillosa voz de Cristina Comaposada, de un color inolvidable, fue ganando confianza y aplomo, después de pedir disculpas en las primeras canciones porque su sentido de la perfección chocaba con lo que ella misma estaba percibiendo. Explicaciones innecesarias; me acordé de los titubeos iniciales de Victoria de los Ángeles en una capilla de Perelada, seguidos de momentos de una increíble belleza. Me fascina ver como voces e instrumentos van afinándose a medida que avanzan los conciertos.

Y los coros de Max -una novedad, era la primera vez que cantaba en público- sincronizaron con la voz de su amiga, con la que lleva colaborando musicalmente casi desde sus inicios, y le dieron una tercera dimensión a los temas que agradecimos todos, empezando por las propias canciones y sus compositoras (alguien debería explicárselo; estoy seguro de que lo agradecerían).

Me gustan los solos de guitarra acústica, cuando la mirada del intérprete baja buscando el centro de la caja de sonido, donde la mano derecha puntea, a veces muy cerca de la mano izquierda; en uno de ellos me acordé de la primera vez que le comenté a mi madre que su nieto Max tocaba en un grupo de rock. Lo primero que me dijo fue: “¿Y canta?”.

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