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Foto Maria Alzamora

Sucedió hace muchos años. En un rincón del planeta había un pueblo costero, de vida apacible, junto a una bahía de dimensiones abarcables, pero bastante amplia, que les daba alimento y esparcimiento. Y había una barrera de arena que emergía cuando la marea se retiraba, en ciclos perfectos de veinticuatro horas, convirtiendo la bahía en una laguna. Los cangrejos, muy abundantes en esta zona, aprovechaban la marea baja para ir a la playa a desovar, también en ciclos regulares; luego, cansados, regresaban al mar con la marea alta.

Un día hubo una marea inusualmente baja, debido a algún fenómeno natural ocurrido a mucha distancia de nuestro pueblo, quizás un volcán, o un tsunami, que provocó una extraña marea baja que se prolongó más de lo normal. Aquel día las aguas no pudieron remontar la barrera de arena y la laguna drenó el escaso nivel que tenía, dejando atrapados en la arena a decenas de miles de cangrejos rojos, bajo un sol tropical, incapaces de superar el obstáculo arenoso que les separaba del mar. El pueblo se reunió en la playa para contemplar el extraño espectáculo. La orilla se había convertido en una pequeña loma, debido a la ausencia de agua, y desde este anfiteatro natural hombres, mujeres y niños contemplaban el manto rojo brillante formado por los animales que se extendía ante sus ojos. Algunas mujeres recogían cangrejos, a desgana, porque no parecía lícito hacerlo de esta manera.

En uno de los extremos de la ensenada, una figura diminuta se iba acercando lentamente. Llevaba un cubo con agua de mar en cada mano; se detenía, los dejaba en la arena y recogía cuidadosamente cangrejos con las dos manos y los depositaba en su interior. Luego, inclinado hacia adelante para contrarrestar el peso del agua, cruzaba la barrera de arena y vaciaba los cubos al otro lado, liberando su preciosa carga. Volvía a llenarlos de agua y regresaba al otro lado para continuar su labor. Así, una y otra vez, lentamente, obstinadamente. Un joven de la aldea bajó corriendo al seno de la bahía y, sorteando como pudo la alfombra animal que se movía con callada desesperación, llegó hasta el viejo pescador.

– Abuelo, ¿por qué haces esto? ¿No te das cuenta que es imposible salvar a los cangrejos. ¡Hay miles! ¡Millones! Y tú solo tienes dos pequeños cubos y una edad avanzada que pronto te hará desfallecer. ¡Estos animales están condenados a morir!

El pescador en ningún momento dejó de hacer lo que estaba haciendo, pero se le oyó murmurar una letanía, con la misma cadencia con la que recogía uno a uno los cangrejos:

– Éste no, éste no, éste no…

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