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Foto Maria Alzamora

Me impresionó la inhóspita arquitectura funcionarial y los barrotes de hierro; los había por todas partes, en puertas y ventanas, y también en los ventanucos a través de los cuales los presos se comunicaban con sus abogados. Y la galería central -una sórdida interpretación de un amplio lobby hotelero-, con las celdas a derecha e izquierda, en dos niveles, con pesadas puertas y un basto cerrojo de hierro en cada una. Más o menos a su altura, un número rotulado en la pared con plantillas las identifica. Todo pintado de color crema. O lo que quedaba de ese color. Dentro de cada celda, un pequeño radiador central de hierro colado (crema, cómo no) y, a ambos lados, literas. Dos o tres por banda, dependiendo del aforo (alguien me lo explicó, porque no estaban, las retiraron cuando abandonaron el “equipamiento”). En un rincón, junto a la entrada, un lavabo y un inodoro, sin más privacidad que un muro un poco más alto que la cintura de una talla media. Da miedo pensar cómo sería la convivencia de cuatro o seis adultos en un lugar tan pequeño. En el patio, un banco de obra corrido a todo lo largo de la fachada y el dibujo de una cancha de baloncesto pintado en el suelo. Y un frontón. Verde. Me sobrecogió la desolación que reinaba en el recinto, como una segunda piel. Allí estuvo encerrado un amigo mío, Santi Fabré, objetor de conciencia; uno, dos, tres años, no lo recuerdo bien, aunque a él seguro que no se le ha olvidado un solo día. La condena era de ocho años, pero salió con la amnistía que celebraba la muerte del dictador, en 1977.

El motivo de mi visita a la antigua cárcel de Figueras (en funcionamiento hasta 2014) era un espectáculo teatral y un acto reivindicativo en favor de la libertad de expresión, que clausuraba el Festival Còmic de Figueres. “Còmic” de cómicos, no de cómics. Había muchísima gente. Le envié un emocionado whatsapp a Santi, con algunas fotos hechas con el móvil, comentándole la circunstancia, y me respondió que, “pensándolo bien, fuimos nosotros los primeros en poner buen humor a ese recinto”.

Sé, porque me lo explicó él hace años, que estaba muy convencido de lo que hacía y que los objetores tenían un grupo de trabajo fuera que luchaba por sus derechos, pero tuvo que ser duro.

En el escenario, después de la actuación de un grupo de actores que improvisaron escenas basadas en sugerencias del público, se sentaron alrededor de la presentadora, de derecha a izquierda, según se mira hacia el ábside del lobby, Valtònyc, el rapero mallorquín procesado por injurias a la Corona y enaltación del terrorismo, Jair Domínguez, que jugaba en casa (es de Figueras), humorista, acusado también de injurias a la Corona, Alexandra Rodríguez, abogada, resignada (“la interpretación de las leyes que estudiamos en la Facultad, aunque éstas siguen vigentes, no es como nos las explicaron”), Casandra Vera, tuitera y escritora, encausaba por ofender la memoria del Almirante Carrero Blanco, y Jordi Pesarrodona, un hombre al que le piden catorce años de cárcel por incitación al odio, delito de desobediencia, resistencia grave a la autoridad y “ejercer de líder tumultuario”. ¿Su delito? Estar tres horas inmóvil y en silencio junto a la Guardia Civil, delante de la Consejería de Gobernación de Barcelona, sin más armas que una nariz roja de payaso. (Jordi estuvo con Payasos Sin Fronteras en la antigua Yugoslavia, en 1993).

En algunos países es peligroso ser cómico o artista.

“No digas esto, papá, que te meterán en la cárcel”, le dice a Jair su hijo mayor, de siete años. Si los niños pequeños –reflexiona el padre– tienen miedo de que metan en la cárcel a sus padres por decir lo que piensan es que estamos mal, muy mal.

Me sorprendió la solidez de los argumentos de Valtònyc, a quien le piden tres años y medio por apología del terrorismo. “Yo no hago apología del terrorismo” -le respondió al juez- “porque yo no apoyo los desahucios, no apoyo la violencia policial y tampoco apoyo que se vendan armas a países imperialistas para bombardear países del tercer mundo”.

Mientras escuchaba, miraba a mi alrededor y pensaba en Santi, que había habitado este recinto en calidad de huésped permanente. Entre la actuación teatral y el debate hubo un corto descanso en el que pudimos visitar el patio. Le envié otra foto. “En este frontón jugué infinidad de partidas”.

Santi hizo algo que yo no fui capaz de hacer, aunque lo pensé.

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