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En el monumento a Walter Benjamin, de Dani Karavan, en Portbou, vi hace algunos años a una mujer llorando, en una soleada y apacible tarde de verano. He visto también las piedras amontonadas dejadas por judíos (siguiendo una antigua tradición) frente a la lápida de mármol negro que hay dentro del cementerio – que está al lado, casi podría decirse que forma parte del conjunto escultórico -, recordando su muerte; en la que, si no recuerdo mal, se menciona la palabra “barbarie”. Y he leído con emoción las palabras de Hannah Arendt en un panel informativo, colocado a una distancia prudencial, recordando a su viejo amigo. Lo he visitado con artistas que han sabido valorar su sobriedad, que va un poco más del minimalismo, y la enigmática presencia de dos elementos escultóricos que acompañan al núcleo central, fuera de la vista unos de otros. Para mí son espacios de reflexión, para otros un monumento inacabado por falta de presupuesto. Ayer, Hiroshi Kitamura, a mi lado, en la boca de la escalera cubierta parcialmente que va a dar al mar, me dijo: “Es una invitación”.

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