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Foto Maria Alzamora

Se acaba 2010, el año en el que murieron mis padres, y con él termina el Any Albéniz 2009-2010. En 2009 se cumplieron cien años de la muerte del compositor y en 2010 el ciento cincuenta aniversario de su nacimiento. Ha sido un fracaso espectacular. Se lo oculté a mi padre a lo largo de todo el primer año y hasta donde pudo llegar del segundo. Le hablé muchas veces del entusiasmo que había despertado desde el primer momento este doble aniversario en la Presidencia del Gobierno, en el Ministerio de Cultura, en la Generalitat y en la Casa Real. Le mentí sistemáticamente para arrancarle aquella dulce sonrisa que le adornaba en los últimos años. Albéniz, el abuelo, era de las pocas cosas que le interesaban y le conmovían hasta las lágrimas.

Le conté historias maravillosas. En un alarde de imaginación y erudición le expliqué que el Liceo planeaba reparar un agravio histórico que nunca dejó de doler. En 1902 Albéniz, que gozaba de un sólido prestigio en Europa, propuso al teatro barcelonés el estreno de su ópera Merlín. La respuesta de los gestores fue fría, incluso pretendieron hacerle pasar por una especie de examen de expertos para valorar la calidad de la partitura. Se negó, naturalmente. De vuelta a París se lo explicó a Paul Dukas y Claude Debussy, que acababa de estrenar Pellèas et Mélisande, y sus amigos no dieron crédito a lo que oían. Le hablé de una iniciativa liderada por Plácido Domingo y José de Eusebio que planeaba llevar Merlín al Liceo con todos los honores, con la idea de incluir esta obra entre los clásicos que se van reponiendo periódicamente.

El Teatro Real de Madrid también estaba interesado en este proyecto, añadí otro día, aunque prefería programar Pepita Jiménez, una ópera que se estrenó con gran éxito en Praga en 1897. Esta sana competencia entre los dos templos musicales más importantes de España sin duda alentaría otras propuestas líricas, la gran asignatura pendiente del maestro nacido en Camprodón. Por ejemplo, el Palau de la Música Catalana, en cuyo maravilloso proscenio destaca el poderoso perfil de Beethoven, debajo de una alegoría wagneriana que el propio Albéniz alentó, indirectamente, al ser uno de los principales impulsores de la Asociación Wagneriana de Barcelona, fundada en Els Quatre Gats, en 1901, estaba pensando en varios conciertos de canciones y en un proyecto escultórico para honrar su memoria. Acompañado en esta ocasión de Enrique Granados, su querido y admirado amigo, cuyo centenario no estaba lejos.

Miento bien. Me crecí hablándole de la afición a la música de la Reina Sofía, de su amistad con Rostropovich y de como la regia figura había insistido en amadrinar el Any Albéniz.

Le dije que en este país la cultura interesa. Ahí quizás exageré demasiado, pero él estaba entregado. Le puse como ejemplo el caso de Julio González, un escultor nacido en Barcelona que es fundamental para entender la historia de la escultura del siglo XX en todo el mundo. Pues bien, su ciudad natal, donde es un perfecto desconocido, estudiaba ahora erigir una gran escultura suya en un lugar emblemático de la ciudad: el Paseo de Gracia. El Centenario Albéniz había abierto la caja de Pandora y se estaba gestando un movimiento de reivindicación cultural impresionante, alentado por la poderosa personalidad de el abuelo.

Siempre acababa estos relatos, más propios de Las mil y una noches que de una crónica contemporánea, con una mención a los músicos, en general; a cómo homenajeaban cada día a uno de sus colegas más admirado y querido. Me reconfortaba mucho poder decir algo rigurosamente cierto.

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