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Por otra parte, también teníamos que vérnoslas con la repugnancia hacia nosotros mismos, a la que cada uno de nosotros se enfrentaba de forma diferente. Éramos americanos blancos y ricos viviendo en sitios miserables en los que mucha gente, sobre todo los jóvenes, anhelaba tener la vida, las comodidades y las mismas oportunidades a las que nosotros, como mínimo durante un tiempo, habíamos dado la espalda; y eso nunca nos iba a permitir sentirnos a gusto. En cierta forma la habíamos cagado inexorablemente, y lo sabíamos, cosa que nos exigía reaccionar con humildad. Pero teníamos dos formas distintas de interpretar esta nueva obligación: el instinto conservador de Bryan se sentía atraído por el férreo sistema patriarcal de los jefes samoanos; mi romanticismo, en cambio, veía en las relaciones sociales que existían en los poblados la calidez y la salud psíquica de los tiempos anteriores a la caída del hombre.

William Finnegan / Años salvajes

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