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Una de las características más notable de la política es su capacidad para vaciar de contenido la palabra legalidad. O ilegalidad, que viene a ser lo mismo, son las dos caras de la misma moneda.

Todos perdemos. Cataluña, España y Europa. No soy independentista porque nunca he sido nacionalista; soy demasiado individualista. Me gustaría mucho que los artistas fuéramos capaces de tender puentes supranacionales (no sé si se puede decir así), ya que los políticos parecen incapaces de hacerlo. Dicho esto, no me sentí manipulado cuando fui a votar el 1 de octubre, ni cuando he salido a la calle para reivindicar un poco de dignidad, pisoteada por el PP en 2005 y 2006 con el tema del Estatut, y después con el ministro Wert atacando la lengua catalana, tratando de “españolizarnos” (lo dijo con todas las sílabas) y creando un problema donde no había ninguno; o cuando el presidente de Endesa, ante la posible compra de la empresa por parte de Gas Natural, dijo que “antes alemanes que catalanes”; y, después de decir esta soberana estupidez, el Partido Popular lo premió colocándolo con el número dos en su lista de las siguientes elecciones legislativas. Creo sinceramente que el nacionalismo catalán va de abajo a arriba, mientras que el español va de arriba a abajo. Con otro gobierno, con otra sensibilidad, el independentismo catalán no hubiera pasado en quince años del 14 al 49%. Y, por último, creo que lo que se está dirimiendo ahora mismo es el fin del franquismo, que será bueno para Cataluña y para España, porque lo que es bueno para una lo es también para la otra. Eso sí, si conseguimos erradicarlo.

El mensaje es claro: el respeto a la diferencia, porque nos enriquece culturalmente y nos hace mejores personas.

Confusión, exaltación, adrenalina, indignación, sobredosis de información. Poca reflexión. De verdad que he intentado pensar con serenidad, pero solo he conseguido apresurarme. Los de allí intentan explicarnos lo que pasa aquí, mientras que los de aquí no conseguimos explicar bien lo que nos está pasando. ¿Lo entendéis? Yo tampoco. Hace unos días nos entendíamos bien.

¿No será que no tenemos claramente identificado al enemigo? Estoy seguro de que mis amigos de allí no son mis enemigos, y espero que ellos me den un voto de confianza, como han hecho siempre.

Sería bonito asistir a un Concierto por la Concordia y contra la Intransigencia, donde Sabina pudiera interpretar Doctor, devuélvame mi depresión, Serrat Mediterráneo y Llach L’Estaca, para denunciar y tratar de erradicar este virus letal que ha envenenado una vez más nuestra convivencia. Y que los políticos, alentados por este ejemplo, hagan, por fin, su trabajo: se sienten, dialoguen y lleguen a acuerdos respetuosos y seductores para los ciudadanos.

Estoy a favor del derecho a decidir, pero no soy nacionalista, ni español ni catalán. Ni siquiera europeo. ¿Por qué habría de serlo?

Haciendo un paralelismo con el Arte Contemporáneo, no dejo que cualquiera me de lecciones de modernidad. Con este tema me pasa algo parecido: no me gusta que nadie me de lecciones de españolidad ni de catalanidad. Tampoco de europeísmo. No es más española Esperanza Aguirre que yo, simplemente ella tiene un modelo de España carpetovetónico, trasnochado, monárquico, borbónico (no es exactamente lo mismo, añade una buena dosis de centralismo) e imperialista, gastado por el uso, y yo tengo otro, más moderno, plural y tolerante, donde convivo con Iñaki Gabilondo, David Trueba y el Gran Wyoming, por no hablar de todos los amigos que tengo en Madrid y en Euskadi.

Soy muy poco patriota. Me inspiran una profunda desconfianza las banderas y los himnos. En un hipotético enfrentamiento entre mi país, sea cual fuera, y Francia, primero estudiaría el argumentario y después me posicionaría, no necesariamente del lado que presumiblemente me toca.

Me sorprende un poco (soy un ingenuo) constatar que Rajoy y los suyos son los arquitectos de la independencia de Cataluña. Sin ellos, nada de esto sería posible. Hasta Junqueras lo admite, cuando dice que en sus primeros años de Universidad los independentistas eran cuatro gatos mal contados. Hasta que llegó Aznar y el neofranquismo catalanofóbico se instaló en el poder con varias mayorías absolutas. A partir de ahí el horizonte se aclaró y se pobló de esteladas. Lo grave es que lo hacen por dos motivos miserables: la mediocridad, palmaria, de su gobierno, y la querencia por el poder. Cataluña es la Guerra de las Malvinas que necesitan para mantenerse ahí arriba. Para que no se hable de la corrupción – delirante y socialmente devastadora – y de la lamentable gestión de gobierno que ésta lleva asociada.

 

 

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