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El jueves volví a cruzar media España como una exhalación para presentar Suite Albéniz en el Auditorio Sony, de la Fundación Albéniz, en Madrid. El formato era sencillo: Jesús Ruiz Mantilla, autor del prólogo, Rosa Torres-Pardo, la persona que ha hecho posible este pequeño milagro que es publicar un libro como este, y yo improvisamos una tertulia en el escenario, junto a un piano de cola, el verdadero protagonista de la velada. No preparamos nada; Jesús y yo ni siquiera nos conocíamos personalmente hasta este momento, pero esta Suite es tan personal que es fácil establecer vínculos, sobre todo después de escribir un prólogo tan bueno que se ha convertido por derecho propio en un capítulo más del libro.

Además, la cultura es divertida.

Después, Rosa se sentó frente al piano y tocó el Tango de Albéniz, mientras Jesús declamaba un poema de Luis García Montero, uno de los cinco que están en el epílogo de la obra que presentábamos. Se titula El sur. Si vivir en el sur es poético, hacerlo en el sur del sur es habitar una línea del poema, justo antes de una pausa.

Inmediatamente después, Marina Pardo tomó el relevo de Jesús y con Rosa hicieron dos canciones de la serie to Nellie, que Albéniz compuso para la esposa de Francis Money-Coutts, su gran mecenas y amigo, con letra del propio Coutts. Acabábamos de hablar de él, porque para mí es uno de los protagonistas más destacados de la vida y la obra de Isaac Albéniz.

Son unas canciones muy bellas y sorprendentemente modernas.

El viernes, paseando por el Barrio de las Letras, vi en el escaparate de una librería de segunda mano una edición especial publicada con motivo del centenario Albéniz, en 2009. Consta de tres libros y un DVD con El color de la música, la magnífica película de José Luis López-Linares. Lo compré, aunque lo tengo, no sé dónde. Este mismo día empecé la lectura de uno de ellos: un perfil biográfico del compositor catalán escrito por Andrés Ruiz Tarazona, que recordaba mal. Explica, por ejemplo, que Francis Money-Coutts y Edith Ellen Churchill, Nellie, tuvieron un matrimonio agitado a causa de los celos del marido. Es posible que el propio Albéniz se viera de alguna manera involucrado, pues era alegre, extrovertido y seductor, mientras que su amigo era más bien lo contrario: reservado, correcto, serio. Cuando murió Albéniz, Nellie escribió estas emocionadas palabras dirigidas a sus hijos:

Queridos míos: no os puedo decir todo lo que os diría, ¡no puedo! Tengo roto el corazón. He estado con vosotros todos los tristes días, e incluso noches, y no hace falta que os diga todo lo que vuestro querido padre significaba para mí. Era tan noble y tan bueno, tenía una palabra amable para todo el mundo. Nunca he conocido una naturaleza como la suya. Cómo lo echaré de menos, era la luz de mi vida…

Esto explicaría, entre otras cosas, la profunda antipatía que sentía Rosina, la mujer de Albéniz, hacia Nellie. Narro esta circunstancia en mi libro, sin explicarla como debería.

Pero hay más. Francis estaba apasionadamente enamorado de Nellie, y ambos del talento de Isaac, ¿hasta que punto influyó ella en fomentar un mecenazgo que dejó para la posteridad obras de la magnitud de Merlín e Iberia? Él tenía una fortuna y quería satisfacer a su mujer, al tiempo que sentía una profunda admiración por el músico, que ella compartía. Un triángulo perfecto. Nunca sabes quién escribe la historia, en realidad.

El sábado me desperté con la noticia de que el periódico La Razón publicaba una crónica sobre Suite Albéniz, a doble página, firmada por Gema Pajares. En ella la periodista escribe que Nellie “no mostró el menor apego a la familia y se mostraba absolutamente contraria a la asignación que Coutts pasaba a la viuda del compositor”. Lo segundo es cierto, lo primero no. Lo siento porque el error no es de Gema Pajares, que ha hecho un excelente trabajo (me encanta cuando explica que he escrito una “no biografía”), yo le transmití esta idea, a todas luces errónea. No había leído a Ruiz Tarazona. O no lo recordaba.

En Soldados de Salamina el protagonista no es Rafael Sánchez-Mazas ni Javier Cercas, hacia el final del libro te das cuenta de que el verdadero protagonista del libro es el soldado republicano que canta un bolero bailando con su mosquetón.

Así se escribe la historia. O la “no historia”, que es la que a mí me gusta.

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