7 o'clock!
7 o’clock! 1985

La noche de Reyes de 1985 fue gélida. Había nevado los dos días anteriores y el paisaje estaba irreconocible. El 4 de enero me fui a dormir en el Ampurdán, un país del Mediterráneo, y me desperté al día siguiente en Austria. El país se paralizó, porque lo de Austria es una metáfora y no estamos acostumbrados al blanco manto que cubrió de repente nuestras vidas. Mi casa no estaba preparada para resistir aquella temperatura, que rozó los veinte grados bajo cero, y las cañerías de agua reventaron. Me quedé sin suministro. Tampoco tenía calefacción, solo una chimenea que costaba encender. Estaba terriblemente solo, aquella noche de Reyes.

Me desvelé, tratando de pensar cómo solucionar el cúmulo de problemas prácticos que de repente se cernieron sobre mí. Mientras tanto, pintaba, porque cuando lo hacía no pensaba en lo que pasaría después. Ni siquiera reparaba en lo que estaba pasando afuera. Pasaron las horas y yo seguía ahí, frente a las dos mesas bajas de grandes dimensiones donde trabajaba la obra sobre papel. Pensé que lo que estaba haciendo dejaría constancia de una noche de congoja, transformándola en algo más. En algo mejor. Aquellos papeles eran un documento notarial. Estaba angustiado y trataba de defenderme del frío y de la soledad que rodeaban mi casa, esperando que dieran las siete de la mañana para poder llamar al lampista.

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