porteria
Foto Maria Alzamora

El caso es que Duchamp era muy bueno. Su Desnudo descendiendo la escalera II y La novia, dos pinturas al óleo fechadas en 1912, son estupendas. En 1961 realizó su primer ready-made, el de la rueda de bicicleta encima de un taburete. O, en sus propias palabras, en el hecho de montarlo en su taller y mirar como rodaba. Ahora ya no rueda, la rueda del taburete, porque los vigilantes del museo donde está expuesta lo impiden. ¿Dónde está la obra? Para Duchamp era el movimiento, para la Historia del Arte es un objeto inmóvil. En 1992 mi mujer y yo fuimos a ver una exposición titulada Picasso and the age of iron, en el Guggenheim de Nueva York, y a Teresa se le ocurrió soplar delante de un móvil de Calder. Fue inmediatamente reprendida por un vigilante; pero ella tenía razón, no hubo obra hasta que se puso en movimiento. Por ahí en medio, entre 1912 y 1961, hay dos guerras mundiales espantosas y el advenimiento del liberalismo económico, que se traduce en el mundo del arte en un mercantilismo galopante. Los artistas más sensibles se rebelaron y crearon un movimiento transgresor muy dinámico, que llamaron Dadá. Duchamp expuso su urinario y Richtenberg su clavo en la pared con el título de la obra: Un cuchillo sin mango cuya hoja se ha perdido. Prefiguraba el objeto dadá por excelencia, que existe, puesto que es objeto de una definición, pero que al mismo tiempo no es nada. El mercado, inasequible al desaliento, compró el dadaísmo y Duchamp dejó de trabajar y se dedicó a jugar al ajedrez.

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