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Foto Maria Alzanmora

Siempre he pensado que los años de marginalidad que viví en el Ampurdán a finales de los años setenta y en la década de los ochenta se debían a una actitud existencial de rechazo al orden establecido. Vivir lo más lejos posible de las normas me parecía la mejor respuesta personal ante el cúmulo de paradojas e injusticias sociales pasadas, presentes y presumiblemente futuras. Me solazaba en una militancia política absentista bastante activa, dentro de los límites muy reducidos a los que podía hacer llegar mis opiniones, puesto que consideraba la democracia occidental una pura y dura perversión de la República de Platón. También me tranquilizaba vivir en los umbrales de la pobreza, pues esto me eximía de cualquier obligación tributaria al no tener nivel alguno de renta que declarar.

Recuerdo estar sentado en el alféizar de la ventana del estudio al atardecer, fumando, bajo el cielo azul ampurdanés, la calle sin asfaltar bañada por el sol, las sombras recortadas nítidamente en paredes de piedra antigua, mirando la multitud de gatos que por aquel entonces tenía mi vecina, sus curiosos ritos, sus magníficas perezas, de pronto el salto silencioso y perfecto de cualquiera de ellos.

En este ambiente de amante de causas perdidas, que podía permitirme porque no tenía obligaciones directas ni ineludibles, pagaba más o menos gustosamente el precio de las numerosas incomodidades domésticas, financieras e incluso profesionales que este tipo de situaciones conlleva. En invierno el frío era muy poco poético y resultaba devastador para los amigos que venían a visitarme; con frecuencia tenía que achicar agua del salón en plena noche si la tormenta era medianamente fuerte y las angustias económicas eran de cuantías que hoy me hacen sonreír, pero que entonces no me hacían ninguna gracia. Pasé mucho tiempo solo, quizás demasiado, vivía como podía una existencia sin ambiciones mientras realizaba un trabajo que es ambicioso por naturaleza.

Afortunadamente, en este rincón del Mediterráneo el clima es templado, la primavera con frecuencia se anticipa, el verano es acogedor y cómodo y el otoño largo y un poco melancólico. Siempre he reconocido la marginación de carácter social de aquel período, pero ahora empiezo a pensar que la profesional fue también muy importante. Aquellos años de aislamiento fueron fundamentales para mi pintura. Me permitieron aprender e investigar con libertad, lejos de las modas y tendencias marcadas por un mercado al que le gusta marcar. Hice constructivismo más o menos geométrico cuando lo que tocaba hacer era abstracción a la americana, aprendiendo que un cuadro es un ejercicio de geometría descriptiva en la misma medida en que la música es matemática. Luego me dediqué al expresionismo figurativo cuando seguía imperando la abstracción y algunos hacían entonces constructivismo geométrico; hice cualquier cosa que se me ocurriera hasta tener suficientes registros para abordar con recursos lo que estoy haciendo ahora mismo. En esta actitud había también una respuesta personal frente a un mercado que no entendía y que supuestamente era el mío. Ahora estoy en él, desde hace unos años, desde que tengo obligaciones ineludibles, desde que se me contagió la ambición de mis pinturas y esculturas que pugnaban por salir del estudio para intentar llegar lo más lejos posible. De todos modos sigo sin entender muchas de cosas. Resulta sumamente extraño pasear por una feria importante y darme cuenta de que la mayoría de lo expuesto o no me gusta o no lo entiendo. No me parece normal, llevo ya bastantes años trabajando y no me considero completamente estúpido. Al mismo tiempo es interesante constatar que ante las vanguardias históricas los porcentajes se invierten, la mayor parte de lo que veo me gusta o me interesa, entiendo que entonces es la perspectiva que da el tiempo la que se ha cuidado de seleccionar las obras de estas épocas ya un poco lejanas.

Es difícil que me guste lo que no comprendo, aunque me impacte. Aunque sea diferente. No creo que la función primordial de una obra de arte tenga que ver con el sentido de la inmediatez, con la subsiguiente ausencia de segundas lecturas, normalmente acompañada de una desesperada necesidad de explicarla con palabras. Al arte conceptual que persigue provocar abruptamente cualquier emoción, incluida la sorpresa, le veo truco. Todo vale, una lata de cerveza ligeramente aplastada de seis metros de altura, de poliéster y pintada de azul Klein, una réplica de la estatua de Colón a tamaño natural en un espacio pequeño, donde apenas cabe y pintada también de azul, o unas cuantas piedras formando un círculo, sin más. Solo hay que tener una idea, casi cualquiera, y desarrollarla, que es donde acaba estando el mérito: en cuestiones técnicas y logísticas. Las obras de Christo impresionan porque parece mentira que consiga realizarlas.

Para que una pieza conceptual me interese tiene que estar contextualizada en el marco de una obra más amplia, con más registros y en donde prime el respeto al objeto capaz de definirse por sí mismo. En otras palabras, hay que ganarse el derecho a realizar este tipo de investigación plástica, que puede llegar a ser apasionante. Empezar directamente por ahí tiene truco. Insisto. Es ir de genio. Y sobran. Recuerdo la broma de un viejo teólogo que citaba José Ramón Recalde: “Todos los hombres tienen un pájaro en la cabeza, pero solo los obispos creen que es el Espíritu Santo”. Recalde lo ubicaba en el contexto de un discurso político pero, como todo buen aforismo, tiene múltiples lecturas y encaja aquí perfectamente con lo que intento explicar.

He visto en una galería de arte una barra de hierro de dos o tres metros de largo apoyada en la pared. Cerca había una etiqueta con el nombre del artista, el título y el precio. He hablado con el galerista y me ha dicho que estaba muy orgulloso de haber podido traer a este artista a nuestra ciudad; me ha enseñado su currículum, espectacular, y le he oído quejarse de lo mal que está el mercado últimamente, de la crisis y de la falta de un coleccionismo de vanguardia de verdad. También ha denunciado a las instituciones públicas por no financiar este tipo de exposiciones. Le he escuchado estupefacto. No sabía que las barras de hierro estuvieran a este precio.

Se estaba verdaderamente bien, en el alféizar.

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