BOOKS
Foto Maria Alzamora

Doce personas escribiendo alrededor de una mesa alargada, en una habitación de techo bajo, como doce apóstoles haciendo lo que no deben: pensar. Ainara recita como escribe, a ritmo de rap, y Esmeralda, que dirige el taller, trata de corregirla, a ver qué pasa. Cuando lo consigue todos echamos de menos su verbo sincopado. Maite mira a su alrededor buscando algo que está en su interior y trata de exorcizar algunos fantasmas del pasado. Marta es una persona cuando lee y escribe en catalán y otra, muy distinta, cuando lo hace en castellano. Hasta el brillo de sus ojos es otro. Kira parece tallada de una sola pieza, como sus textos, que recita con voz suave como si leyera el prospecto de una medicina; cuando quieres darte cuenta, estás metido en una historia que te atrapa. Azu se juega la vida escribiendo, como Teresa, sentada a su izquierda, que mantiene intacto su misterio. Marta, Azu y yo sabemos de lo que es capaz, pero ella sigue en silencio. Nadie le dirá cuándo debe mostrarse. Isabel deja que su relato se deslice entre murmullos. Marce me recuerda a Daniel Mordzinsky, “el fotógrafo de los escritores”, a quien conocí hace algunos años en la inauguración de su exposición dedicada a Javier Cercas, en la Casa de Cultura de Girona. Aquel día explicó que salió de Argentina en 1978, en plena dictadura, y, como buen argentino, se fue a París. Hacía fotos sociales, comprometidas, según él no demasiado buenas, pero de alguna manera consiguió que le ofrecieran una exposición. A pesar de ello se sentía triste y solo, alojado en una chambre de bonne, en el sexto piso de un edificio de no sé qué calle. Admiraba a sus paisanos escritores, tenía sus preferencias y muy pocos amigos en París. Entonces tomó una decisión. Bajó los seis pisos, entró en una cabina telefónica y buscó en una guía desvencijada hasta que dio con el nombre que buscaba: C-O-R-T-Á-Z-A-R, Julio. ¡Lo encontró!, ahí, con todas sus letras. Se armó de valor y llamó. Saltó el contestador automático y se quedó mudo. Volvió a intentarlo más tarde y esta vez le dejó un mensaje: “Me llamo Daniel Mordzinsky, no soy nadie, no he hecho nada, pero hago una exposición de fotografía y me harías el pibe más feliz del mundo si vinieras a verla. Es en tal sitio, inauguro a tal hora, etc etc”. Marce se presentó con estas mismas palabras: “No soy nadie, no he hecho nada”, pero luego demostró que sabía más de lo que decía. Marina Bukowski vomitó su discurso con la fuerza de la desesperación y luego, más tranquila, disfrutó de la velada con una sonrisa dulce. Silvia exclamó, después de leer un texto suyo: “¡Puedo escribir!”, y Raquel nos ofreció retazos de la historia que quiere narrar: la suya. ¿Acaso tenemos otra? A media tarde Esmeralda me regaló un poema de una sola línea: “Está todo por hacer en el silencio”.

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