después de Goya 1977
Después de Goya, 1977

Abandoné Ciencias Económicas cuando estaba a punto de empezar el quinto y último curso. ¿Qué pasó, en realidad, para tirar de esta manera cuatro años de mi vida? ¿Por qué nunca hablo de ello? Creo que ahora, treinta y cinco años más tarde, empiezo a entender las razones de este cambio de rumbo tan brusco. Aquel año terminé el servicio militar y Franco murió pocos meses después en Madrid, rodeado de afecto y reconocimiento; estos datos son muy relevantes porque me afectaron mucho más de lo que pensaba entonces. Abrazar la causa hippie fue un viejo anhelo y también una reacción a lo que había vivido en el Ejército. Acababa de descubrir una faceta del ser humano terrible. Dios, Patria y Rey son los principios ideológicos fundamentales de esta institución, sagrada para muchos (de ahí las mayúsculas), cuando en realidad no son más que buenas excusas para matar, la inmensa mayoría de las veces por intereses particulares, no generales. Al hombre le gusta matar, pero los que son honrados necesitan legitimidad para hacerlo. Fabrican armas, generan puestos de trabajo, legislan, matan y se sienten realizados, porque han nacido para eso. Anteponen estos principios absurdos y deliberadamente abstractos, insustanciales, a los que sí tienen verdadero contenido y sentido ético: lealtad, honor, decencia, bondad, coraje, generosidad, respeto, humildad, solidaridad, empatía, amabilidad, consideración, nobleza, sensibilidad, amor, cultura y belleza.

Como Raimundo Gras y mi padre, cuando volví de la mili yo era una persona muy diferente de la que se había ido. Obviamente no es lo mismo una guerra declarada que una solapada, pero la institución es la misma y los mandos que yo tuve estaban marcados a fuego por la experiencia de la Guerra Civil, ya sabemos desde qué perspectiva. Aquella experiencia sin ninguna duda extrema me reveló una información sobre mi persona que no deseaba conocer, aunque lo sospechara: era un cobarde, porque no tuve el valor de mi amigo Santi Fabré, que se declaró insumiso, cumplió una pena de cárcel y colaboró a que con los años la obligatoriedad del servicio militar desapareciera. También podría haber desertado, antes de empezar, y recuerdo haber iniciado una serie de contactos para encontrar refugio y trabajo en Londres, pero tampoco tuve el coraje suficiente para afrontar los diez años de exilio que esta decisión hubiera acarreado. Descarté provocarme enfermedades físicas o mentales, como hicieron otros, porque me daba pavor. Al final hice lo que se esperaba de mí: milicias universitarias, un apaño de la burguesía para que sus hijos pudieran pasar por ello en mejores condiciones, y me licencié con el grado de sargento. Fui un impostor, mentí todo el tiempo, y lo hice por interés. Estaba avergonzado por mi falta de lealtad, honor, decencia, bondad, respeto y todos esos principios que no me costaba nombrar, pero sí implementar. No había oído hablar todavía de la inteligencia emocional, pero intuí que podía ser una asignatura de quinto curso y sabía que la suspendería. Tenía que purificarme de alguna manera y abandoné la universidad. Era necesario. Acabar la carrera hubiese sido la primera de otra cadena de concesiones que acabarían convirtiéndome en un engranaje más del sistema más perverso que ha conocido la humanidad. Lleva un bonito nombre: liberalismo, pero enmascara algo tan feo como el aforismo que lo define: robar a los pobres para dárselo a los ricos. A mí me explicaron en clase de religión que se peca por acción y por omisión (siempre he pensado que fue un descuido del maestro, que ignoraba el alcance de esta sabia enseñanza); y el pecado de omisión parece todavía más grave que el de acción, porque añade al cóctel de despropósitos una buena dosis de cobardía y egoísmo.

En los márgenes de la sociedad encontré frío y aislamiento, pero también una verdad y un amor diferentes, o al menos así me lo pareció a mí. Haz el amor y no la guerra es otro aforismo que llevo desde entonces prendido en la piel. El hippismo, o lo que fuera que yo amaba, representaba esos valores, esa realidad paralela, esa verdad que necesitaba desesperadamente para encontrar algo de luz en medio de aquella monumental confusión. Mi padre me dijo un día, viéndome alquilar planchas de windsurf en la playa de Ampurias, rozando los treinta años, sin más patrimonio que un cierto talento para la pintura que no sabía rentabilizar y un perro llamado Trancos – que fue un maravilloso compañero -, que consideraba que yo estaba preparado intelectualmente (no utilizó esta palabra, que desconocía) para hacer un trabajo más interesante y productivo que el que estaba realizando. No supe qué responder.

Poco antes de licenciarme leí Enterrad mi corazón en Wounded Knee y aquel libro acabó de trantornarme. Era otra guerra, la de los indios norteamericanos y el hombre blanco, pero era la misma. Recuerdo la perplejidad de los indios tratando de negociar con seres humanos que pretendían poseer la naturaleza con títulos de propiedad impresos en papel. Ellos sacralizaban la tierra y se consideraban con la obligación moral de entregársela a sus descendientes en las mismas condiciones que la habían recibido. Nada más lógico. Uno de aquellos jefes trató de explicarle al oficial que tenía enfrente lo absurdo que era decir “este monte es mío, y el cielo que está sobre él, y el aire que lo abraza, y el río que lo atraviesa, y el desfiladero que lo divide en dos”.

Me cayó encima todo el peso de la culpa de la humanidad. En On the Road, Jack Kerouac pone en boca de Moriarty una frase memorable: “De los griegos para acá todo ha sido mal formulado”. Actué como si fuera cierto.

Estos párrafos, surgidos del capítulo anterior, pero escritos mucho después, son reveladores para mí, pero me cuesta darles estructura. En uno de los borradores, escrito con mano temblorosa en un avión con destino Leeds, escribí estas líneas: este texto tiene que ser veraz, valiente y duro, pero sobre todo tiene que ser poético, porque eso es lo que buscaba en 1975: la poesía.

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