menina cartón ondulado OK

“Alzamora, ¡te voy a partir la cara!”. Dicho y hecho me dio una bofetada que me dejó el moflete sonrosado y cosquilleante durante un buen rato. Volví a mi pupitre humillado. Tenía doce años. El señor Labazuy debía tener lo menos treinta: un anciano, a mis tiernos ojos de infante. Aunque parezca extraño, nunca se lo tuve en cuenta. El señor Labazuy era un profesor inteligente y empático que lidiaba con una clase de más de treinta alumnos. Un día, debía de ser un sábado por la tarde, nos llevó a un pequeño grupo a la Bodega Bohemia, un local de Barcelona oscuro y acogedor, un poco marginal, con velas en las mesas. Hablamos de la vida. Nunca nadie de su edad me había tratado como a un adulto. Me sorprendió el respeto con el que nos escuchaba y nos animaba a hablar. Un compañero de clase apellidado Llebaria reflexionó acerca del hecho de que cuando fuéramos mayores nos olvidaríamos los unos de los otros. La idea le parecía de una crueldad insoportable. Hoy, recordándolo, me parece impresionante aquella visión apocalíptica de la memoria y el olvido.

Lo del señor Bibiloni, dos años más tarde, tampoco se lo tuve en cuenta. Fue un accidente. Había castigado a toda la clase sin recreo, no recuerdo por qué razón, y el pequeño grupo que nos quedábamos a comer pagábamos doble, porque había un descanso matinal, de media hora, y otro después de comer, de una hora, que no disfrutaban los que tenían el privilegio de comer en sus casas y de este modo rompían la insoportable monotonía de pasar cada día diez horas en el colegio. Ellos llegaban cuando empezaban las clases de la tarde, después del recreo. No era justo. Protestamos. Tomé la palabra y amenacé con “ir al director”. El Sr. Bibiloni me lo prohibió. Hice caso omiso y me dirigí resueltamente a la sala de profesores, seguido de un indignado Bibiloni y de los seis o siete compañeros de clase y de infortunio. Me alcanzó en un pasillo estrecho, puso una mano en mi hombro, obligándome a darme la vuelta, y con la otra me cruzó la cara. Yo lo empujé con las dos manos para alejarlo de mí, al tiempo que le decía “¡Usted a mí no me pega!”. Era una frase hecha. El señor Bibiloni tropezó accidentalmente con algo, quizás un escalón que había detrás suyo, y se cayó al suelo, delante de todo el grupo. La noticia de que había pegado a un profesor -no era del todo cierto, solo lo empujé- se extendió como la pólvora y me convertí en un héroe. La gente me miraba alucinada, mientras yo sonreía tímidamente; no tenía madera de líder, solo un sentido exagerado de la justicia. Aquel momento de gloria fue efímero y lo pagué caro: un verano interno en la Seu d’Urgell, en un colegio de los Hermanos de La Salle. Salvando las distancias, que seguro que son notables, es lo más parecido a un correccional que he conocido en mi vida.

Era un lugar extraño, un poco mafioso. Si te pillaban fumando te caía una bronca y un castigo… o te costaba un paquete de Camel bajo mano. Una noche fuimos todos a la sala de actos a ver una película: Un beso para Birdie, de Elvis Presley y Ann Margret. No sé a quién se le ocurrió meter a Ann Margret en un internado de más de doscientos adolescentes cargados de feromonas, pero el efecto de aquel fabuloso escote y de la pícara sonrisa que lo acompañaba se respiraba en el ambiente mientras nos dirigíamos al gran dormitorio general. Le dije algo gracioso a un compañero que caminaba a mi lado, que se rió. Enseguida sentí una mano en el hombro que me obligó a darme la vuelta. Sabía lo que vendría a continuación: una reprimenda, quizás un castigo, porque estábamos en hora de silencio y yo lo había roto, aunque había sido solo un susurro. La bofetada fue fuerte, inesperada y desproporcionada. La del señor Bibiloni, comparada con esta, fue una caricia. El público, muy numeroso, se paró y permaneció un instante inmóvil, en silencio, observando con interés como un hermano moreno y recio, famoso por su iracundia, se enfrentaba a un adolescente rubio de catorce años recién cumplidos. “¡Usted a mí no me toca!”, acerté a decir, en voz alta y clara. Quizás no tan alta, porque estaba asustado, pero creo que lo suficiente para que me oyeran los que estaban más cerca. Me sacudió otra, más fuerte, pero yo ya había dicho lo que tenía que decir. Conocía las reglas: no dar muestras de debilidad; corrías el riesgo de que luego tus compañeros también se metieran contigo. No sabes a quién temer más, en esos cuarteles, si al amigo o al enemigo. El hermano me castigó a permanecer de pie en un ancho pasillo que había frente a la entrada del dormitorio. Estuve más de una hora ahí, de pie, oyendo ruidos, ahuyentando temores, masticando el silencio, añorando la tosca litera en la que dormía. Apareció el hermano entre las sombras, rodeado de un silencio penitenciario, y se acercó a mí, conciliador, me tocó el brazo, se disculpó con palabras afectuosas y se acercó un poco más de lo normal. Lo aparté, se molestó y desapareció. Dos horas más tarde, que se me hicieron eternas, tratando de comprender lo que acababa de pasar y, sobre todo, lo que no había pasado, asomó la cabeza desde el fondo del pasillo y me ordenó que me fuera a dormir.

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