01 DSCF8072

No me gustaría dar la sensación de que apruebo los castigos corporales, cuando digo que no les guardo rencor a los señores Labazuy y Bibiloni por las bofetadas que me dieron a principios de los años sesenta en el Instituto Técnico Eulalia, de Barcelona. Solo trato de contextualizar estos hechos. En 1962 el franquismo estaba en plena forma y el principio de autoridad era totémico. Los alumnos mediopensionisas pasábamos mucho más tiempo en el colegio que en nuestras casas. Durante la friolera de diez o doce años todo nuestro universo existencial sucedía entre aquellas cuatro paredes y el gran patio que rodeaba la inmensa casona que albergaba las dependencias escolares. El paréntesis navideño era muy bien recibido, el de Pascua era demasiado corto y los tres meses de vacaciones, en verano, una bendición, si no tenías que estudiar para recuperar algunas asignaturas, como solía ser mi caso. Recuerdo salir de casa de mis padres a las ocho y cuarto de la mañana, con pantalón corto -muy corto; en realidad: absurdamente corto- de franela gris y zapatos marrones de la marca Gorila, con un frío bestial, y hacer el largo trayecto hasta el colegio, que estaba en el otro extremo de la ciudad, un rato andando y otro tanto en metro. Por la tarde salíamos a las siete, por lo que estaba de regreso en casa más o menos a las ocho, con el tiempo justo para hacer los deberes, estudiar para algún examen y dormir. Había, además, un castigo frecuente que se llamaba “permanencias”. Consistía en una hora más de estudio, de siete a ocho, en silencio. Me temo que yo estaba abonado a esta hora extra. Aquel horario era una tortura para un niño imaginativo y propenso a la distracción, como era yo. Pero así eran las cosas, en aquella época. En aquel contexto sociológico, que tenía muy poco de lógico, no debía ser fácil para el señor Labazuy mantener la disciplina. Ignoro el grado de trastorno de personalidad que sufríamos la mayoría de nosotros, pero debía ser notable. Supongo que el señor Labazuy (¿Arturo?) agotaría las advertencias y los argumentos disciplinarios, y, ante la reiteración del delito (risa incontrolada, hablar a destiempo, tirarle una goma de borrar a un compañero), recurría a la bofetada como último recurso. Me caía muy bien el señor Labazuy, con su bata blanca que llevaba con el cinturón muy bajo y las manos apoyadas en él, con los pulgares hacia dentro, en una posición chulesca, y su marcado acento aragonés: “¡Alzamora, te voy a partir la cara!”. El señor Bibiloni no me caía bien ni mal, pero era una buena persona. Después de nuestro desgraciado enfrentamiento en el pasillo de la Sala de Profesores, de funestas consecuencias para mí, me llamó “¡Bobo!”. Nunca nadie lo había hecho antes y dificilmente volverá a suceder. No es un calificativo corriente.

Sin embargo, algunos compañeros míos llevaron luego a sus hijos al mismo colegio. ¿Síndrome de Estocolmo? El hecho es que no parecían tener malos recuerdos. A lo mejor el problema era yo, después de todo.

Lo del imbécil del hermano de La Salle es otro cantar. En 1965 yo no sabía lo que eran los abusos sexuales. Nadie me había hablado de ello y mi imaginación no llegaba a tanto. El nacionalcatolicismo era inmaculado, como el principio de autoridad, y la combinación de ambas cosas resultaba letal. Hoy, un domingo muy lluvioso de noviembre de 2018, observo con preocupación como algunos líderes políticos miran este pasado que creíamos superado con nostalgia.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s