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L’escala de l’enteniment / Foto Maria Alzamora

Naturalmente en la Casa de Cultura de Girona no conocía a nadie ni nadie me conocía a mí, por lo que no pude vender mi proyecto L’escala de l’enteniment, como era mi intención. De todas maneras, Llull me interesa y, después de que una amable señora me confundiera con un miembro de la Cobla de La Bisbal, me senté en un rincón del aforo. La presentación fue sorprendente. Un hombre llamado Josep, de una fundación llamada Metalquimia, nos explicó que antes de abordar una empresa, del tipo que sea, conviene tener muy claro el WHY, después el WHO y por último el WHAT. Se quedó mirando la gran pantalla que había detrás de la mesa presidencial hasta que apareció un gráfico circular con el WHY en el centro y el WHAT en la periferia y pasó a narrarnos como un día de 2004, estando en un aeropuerto con su padre, a punto de iniciar un viaje de negocios, empezaron a hablar de la posibilidad de hacer algo (WHO) para expandir internacionalmente la cultura catalana y sus valores mediterráneos ancestrales (WHY). Barajaron varias posibilidades y decidieron que el WHAT podría ser la música, porque es un lenguaje universal, y, después de algunas vicisitudes que ahora mismo no recuerdo, se decidieron por una ópera. Enseguida pasaron a analizar científicamente sus posibilidades de éxito y aparecieron en la pantalla una serie de puntos imprescindibles, como que su longitud no podía ir más allá de tres actos, según la experta opinión de alguien del Liceo, y que hacían falta varias divas y un malvado. ¿Cuál sería el objeto del relato? Barajaron algunos nombres – inevitablemente uno de ellos fue Verdaguer – y se decidieron por Llull. Así pues, el WHAT sería una «ópera catalana con acento universal» (esta frase me recuerda mucho a la «música española con acento universal» de Albéniz) centrada en la figura de Ramon Llull.

Un Llull un poco desdibujado – ahora habla su autor, Francesc Cassú -, porque el libreto de Jaume Cabré narra la relación paterno-filial del sabio mallorquín con su hija Magdalena, que no le quiere pero acabará queriéndole, y con su mujer, Blanca, que aparece como un espectro porque lleva años muerta, pero todavía le ama. En la vida real Llull no tuvo tratos con su familia después de abandonarla, pero en la lista de las condiciones de éxito estaba muy claro que las divas son necesarias. Por si esto fuera poco, Llull tiene un duro enfrentamiento personal con el gran inquisidor Aymerich, que nunca se produjo porque no son contemporáneos. Licencias poéticas, como las que se tomaba Wagner, «que hacía lo que le daba la gana», según palabras de Francesc. No sé, no entiendo de ópera, a lo mejor es lícito, pero me pareció un poco excesivo, por no hablar del planteamiento inicial, que convertía una obra de creación en un producto de laboratorio.

El acto se cerró con tres breves interpretaciones, como muestra de lo que se verá en el Auditori de Girona el viernes y el sábado, a cargo una soprano, un tenor y una mezzosoprano, acompañados de una pianista. Me gustaron, siempre me gustan, aunque solo sea por lo que suele decir mi amigo Jorge de Persia: «Hay que estar ahí».

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