perro 1997

Facebook obró el milagro. Más de medio siglo más tarde apareció en la pantalla de mi ordenador, que es lo mismo que decir de mi memoria, que es lo mismo que decir de mi vida, a eso hemos llegado, el nombre de Xavi Llebaria, un compañero de clase del Instituto Técnico Eulalia de Barcelona, allá por la primera mitad de los años sesenta, con Franco en El Pardo, la actualidad en blanco y negro y los tranvías circulando por la calles con sus traqueteos habituales y los característicos tintineos de sus avisos de parada. Me buscó, porque no teníamos amigos comunes. Fuimos compañeros de pupitre dos años, y de clase ocho o nueve. El recuerdo más nítido que tengo de él fue una pelea en el patio del colegio. Nunca me he pegado con nadie en serio, pero aquella pelea no fue ninguna broma. Por una vez sentí que podía ganar y me esforcé al máximo. Xavi debió pensar lo mismo y no me dio cuartel. Acabamos revolcados por el suelo, con un público reducido pero interesado, hasta que uno de los dos sangró por la nariz y aquella hemorragia señaló el final del primer asalto. No hubo segundo.

Me escribió que había vivido un tiempo en Castelló d’Empúries, a veinte minutos de donde vivo, y me anunció que subiría a verme a Ordis. Mientras tanto, en una inauguración en Palafrugell me encontré a Willy Hoffman, dos pupitres a la derecha, en la fila de delante, y me contó que Xavi era un personaje muy popular en Sarriá. Era el paseador de perros oficial del barrio. A pesar de su pobreza y de su precaria salud siempre sonreía. Willy me explicó que Xavi estuvo muchos años metido en la droga, hasta que consiguió rehabilitarse y regresó a su barrio natal malherido, pero con el aura luminosa del que ha sobrevivido a una travesía espantosa por el Cabo de Hornos, en el límite del mundo civilizado, donde mil navíos naufragaron y diez mil hombres murieron, donde planean albatros y petreles gigantescos y donde los vientos huracanados tienen nombres míticos: los cuarenta rugientes, los cincuenta furiosos y, por fin, los sesenta aulladores, capaces de levantar olas de treinta metros de altura. Valoraba esta segunda oportunidad que la vida le ofreció y volcó su sensibilidad, tan duramente trabajada, en los animales, incluidos los humanos, que le querían, le acompañaban, le daban de comer y lo vestían, a cambio de un poco de esta luz que transmitía de manera natural. Ostentaba, quizás sin saberlo, el aro de oro en la oreja izquierda, siguiendo la antigua tradición marinera de los que han logrado superar el pasaje de Drake. Willy hizo hincapié en que nunca se quejaba, ni cuando le costaba llegar a la cima de la cuesta de la calle, con tres o cuatro perros cogidos de la correa. Xavi murió antes de que pudiéramos vernos de nuevo, después de intercambiar unos cuantos likes en la pantalla y de saber que no nos habíamos olvidado el uno del otro. El funeral se celebró en la parroquia de Sarriá y fue la primera vez, y probablemente será la última, en la que se permitió la entrada a las mascotas. No me enteré hasta pasadas unas semanas, pero pude ver las imágenes por internet -cómo no- y me impresionó el clima de aquella ceremonia, con los bancos repletos de personas y de perros. Había mucho amor en aquel insólito aforo parroquial. Xavi lo encontró, lo que fuese que buscaba, al fin.

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