menina 2012 116x116

Cojo el carrito donde está la paleta con el rojo y el índigo y lo muevo hacia el centro del estudio. Es un carro metálico silencioso, de hospital. Sobre un bote en el que alguna vez hubo esencia de trementina hay un pincel grueso, tipo paletina, con pintura roja que utilicé hace un par de días para pintar una capa en una serie de nueve telas de 50×50 cm, de la serie “Rojo Rothko”. Apoyo la tela grande contra la pared, vacío un par de tubos de color índigo sobre la montaña de pintura seca que hay en la paleta, agarro el pincel y me lanzo enérgicamente sobre la tela, respetando a duras penas el perfil de la menina que hay en el centro. Estoy trabajando encima de una obra que di por acabada hace varios años, que viajó, estuvo expuesta y volvió al estudio.

Paul Valéry decía que un poema no se termina, se abandona. Hace un momento he decidido retomar este.

Suena el Concierto Fantástico, de Albéniz. Pinto, retrocedo, observo, vuelvo a pintar, cierro los ojos y doy algunas pinceladas a ciegas, hay un crescendo trepidante y cierro de nuevo los ojos con fuerza mientras mi mano derecha sigue el ritmo como si ondeara una batuta. Cuando los abro y me alejo no puedo evitar un gesto de disgusto, pero ahí están las pinceladas, la mayoría invisibles en el gran fondo oscuro y unas cuantas han invadido la figura, cruzándola en varias direcciones. El ritmo es bueno, pero el azar no ha pintado bien.

A continuación cojo un carboncillo grueso y comienzo a escribir sobre este fondo oscuro y húmedo, recién pintado:

Suena el Concierto Fantástico, de Isaac Albéniz. Pienso en mi padre, en la última vez que lo escuchamos juntos mientras dibujábamos desnudo en su estudio de la calle Lauria, con la modelo mejicana. Le echo de menos. Su fe en mi talento era excesiva, pero me dio confianza cuando más la necesitaba. Se lo agradezco con estas líneas que nadie leerá, pero unos cuantos (quizás muchos, quién sabe si tenía razón) verán. También quiero reflexionar ahora sobre el fracaso, porque es un tema que me interesa. Pienso que un título como “Elogio del fracaso” venderá, no en el sentido comercial del término, sino en el espiritual. Siento una irresistible atracción por él, me gusta. Soy como el jugador al que le gusta perder. Lo siento más veraz. Soy un perdedor, pienso que todos lo somos, admitirlo me parece un gesto de lucidez. Algunas veces he tocado el éxito con la punta de los dedos y he retirado la mano como si me quemara. Sin embargo lo busco, quiero traicionarme, o no, quizás el problema es que necesito hacerlo, ¿será la fábula de Judas una metáfora? Se me acaba la tela, primavera, atardecer. Ordis 2015.

Me lavo las manos. Me lleva un buen rato, cuando caligrafío estos fondos el índigo se me mete debajo de la piel, aunque no me mancho tanto como cuando pinto sucesivas capas de rojo, entonces el color me llega al alma. Después observo el resultado de esta sesión un poco catártica. No me gusta. ¿Me gustará? Quién sabe. Está mejor ahora que antes, pero es una de estas pinturas que me costará abandonar…

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