menina gallostra maria
Menina, 2002

En estos momentos hay un abismo entre la cotización de un artista de Bassel 2018 y uno de la galería X del mismo año, a favor del primero, pero dentro de cien años es muy posible que sea en sentido contrario. Si no, que se lo pregunten a Vermeer, que fue un artista con una modesta reputación, o a Velázquez, que se ganó la vida como aposentador real (es decir, como decorador) y El Prado lo ignoró hasta principios del siglo XX, o a Modigliani, que se murió de hambre. Es una regla de oro: pocas veces, a lo largo de la historia, los genios comprendidos han superado el juicio de la posteridad. Hay algunas excepciones, pero no son la norma. Hace unos días un coleccionista que conozco muy bien se quejaba de que su colección no valía nada: “¡No me dan nada!”, exclamó, desolado, porque tenía que afrontar un problema de liquidez. En términos puramente económicos era más o menos cierto, dejando de lado lo que le aporta su contemplación y disfrute, que no tiene precio, pero el que herede este fondo de arte hará bien en conservarlo, porque el tiempo pone las cosas en su sitio y solo con que haya acertado en un diez por ciento lo amortizará con creces. Son incontables los gauguins y van goghs que acabaron en la basura porque no valían nada.

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