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A los diecisiete años, Tara Westover se encontró con un mundo por estrenar. Hasta 2003 vivió en un paraje aislado de Idaho, EEUU, en el seno de una familia mormona radical, numerosa y ferozmente patriarcal; y nunca fue a la escuela. Ni siquiera había oído hablar del Holocausto ni de las dos guerras mundiales que asolaron el siglo XX. Hasta que despertó, por fin, y después de un enorme esfuerzo consiguió estudiar en la universidad de Utah, graduándose en arte, filosofía e historia, tras pasar por Cambridge y Harvard. Una proeza personal e intelectual admirable. Sin embargo, este pasado aislacionista le ha dado una perspectiva de la humanidad que, combinada con una inteligencia privilegiada, nos regala párrafos como este (Una educación, editorial Lumen):

Mientras caminaba hacia casa con el voluminoso manuscrito [su tesis doctoral] recordé una clase que el doctor Kerry había empezado escribiendo en la pizarra: “¿Quién escribe la historia?”. Me acordé de lo rara que me había parecido la pregunta. Mi concepto de los historiadores no era humano; yo los veía como a mi padre, más profetas que hombres, con visiones del pasado y del futuro que no podían ponerse en tela de juicio, y mucho menos desarrollarse. Al atravesar el King’s College, bajo la sombra de la enorme capilla, casi me extrañó mi apocamiento de entonces. “¿Quién escribe la historia? -pensé-. Yo.”

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