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Decía Joan Miró que individualmente se consideraba un optimista moderado, pero colectivamente era un pesimista absoluto. Lo he repetido muchas veces, desde que me lo explicó su nieto David, hace muchos años. El triunfo del individuo frente a la colectividad ha guiado mi vida, porque solo puedo responsabilizarme de mis actos. La palabra “triunfo” está mal empleada, porque siempre ganan ellos, los más brutos, frente a los audaces. La epopeya de Tara Westover (Una educación, editorial Lumen) nos alcanza a todos. Explica con una sinceridad estremecedora lo que significa vivir al margen de la ley impuesta por el hombre, en sentido literal, porque la sociedad mormona es un patriarcado feroz, como todas las organizaciones religiosas. Los sentimientos pasan a segundo término cuando lo que se discute es el principio de autoridad, entonces el padre maldice a sus hijos, el papa excomulga a sus fieles y el presidente encarcela o ejecuta a su pueblo. Es la historia del fascismo, versión Idaho. Tara simboliza la resistencia: se opone a la fe alienante con argumentos y a la disciplina que exige observancia con inteligencia, sin dar nada por sentado, colocando al padre y al maestro en el mismo estrado para que dialoguen, mientras ella va hilvanando su historia. Nadie tiene derecho a imponerle la suya. Nadie.

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