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Foto Maria Alzamora

La operación estaba programada para el miércoles, mis posibilidades de supervivencia rozaban el noventa y nueve por ciento y el plazo de recuperación sería de una semana, según el cirujano. Se entiende el postoperatorio, la parte más delicada del proceso; luego, debería llevar una vida tranquila durante un período de tiempo razonable. Todo bien, excepto que estaba acabando un libro extraordinario y en estas circunstancias siempre me cuesta engancharme al siguiente; y no se puede ir a un hospital sin un buen libro bajo el brazo. Una educación, de Tara Westover, me transformó, a ver si encontraba algo que estuviera a su altura. El lunes fui a la librería con la responsabilidad que supone saber que durante la convalecencia el libro seleccionado podría acabar siendo mi salvación, si era capaz de sumergirme en él y habitar su paisaje, o mi perdición, si erraba el tiro y se imponía la melancolía que supone arrastrar un cuerpo que no responde como debe. Me temblaban las manos mientras ojeaba obras recién salidas del horno, tratando de adivinar la calidad de su contenido por el peso, el tacto, la portada, la tipografía y las llamadas de las bandas publicitarias. Abrí dos, tres, cuatro novedades, clásicos, novela, ensayo, biografías, que dicen que son entretenidas. Me llamó la atención una portada y abrí el libro al azar:

Entonces apareció Gerónimo, que aunque llevaba su camisola de manta y su célebre saco con dos soles cosidos en las pecheras, se había puesto también la banda roja en la frente para señalar que sus actos, en ese momento, eran de guerra. Como siempre, salió de la nada, seguido por siete guerreros sin camisa armados hasta los dientes. Él llevaba su Winchester en la mano izquierda, agarrado por el gatillo. En el cinturón, bajo el ombligo, cargaba el revólver de cachas nacaradas y seis tiros con el que había asesinado a más mexicanos que ningún otro indio de su tiempo. Sus siete guerreros, curtidos, recios como árboles, cerraron filas detrás de él cuando el prefecto se puso de pie para saludarlo. Los siete soldados mexicanos hicieron lo mismo, los rifles apretados en las manos, la formación cuajada. Lawton y sus hombres tendrían que haber notado la genial ironía de que todos los presentes estaban armados con fusiles estadounidenses: la política, entonces como ahora, corre para todos lados, pero el dinero ha fluido siempre en una sola dirección.

Lo compré y esa misma tarde lo empecé, porque sabía que posiblemente me costaría un poco entrar y quería ir al hospital con el relato en la cabeza. Ahora me rindo y eso es todo, de Álvaro Enrigue, es una obra descomunal. Por el momento, su título ya era una declaración de principios que podía brindarle al cirujano: Estoy en tus manos, Gabriel, buena suerte. Enrigue, mientras nos invita a cabalgar con él por la frontera entre Chihuahua y Nuevo México, aprovecha las pausas para hablarnos de la vida y filosofea mirando a los caballos pastorear cerca del campamento.

Tal vez todos fuimos así alguna vez, nómadas y felices. Íbamos pasando y alguien nos encadenó a la historia, nos puso nombre, nos obligó a pagar renta y nos prohibió fumar adentro. Éramos solo la gente y un día otro nos convirtió en algo: un mexicano, un coreano, un zulú. Alguien a quien hay que categorizar rapidito para, de preferencia, exterminarlo, y si no se puede, imponerle una lengua, enseñarle gramática y ponerle zapatos para luego vendérselos cuando se acostumbre a no andar descalzo.

Recién operado, me encontré en una camilla de cuidados intensivos junto a un joven de doce o trece años, a mi derecha, operado de amígdalas y con fobia a las agujas, que me recordó una descripción que aparece en las primeras páginas del libro:

El mozo le pareció a Zuloaga levantisco y del tipo que piensa que barrer la comisaría lo hace comisario, pero sobre todo le pareció rarísimo: era muy flaco y tenía los brazos y las piernas demasiado largos, la cabeza chica, pero los ojos, la nariz y la boca grandes. Hablaba con una voz destemplada. Como el teniente coronel no había podido hacer hijos con su señora, no sabía que así son las personas cuando transitan de la infancia a la juventud.

La primera noche, ya en la habitación, no cogí el libro, bastante tenía con recuperar algunas partes de mi cuerpo que se habían ido quién sabe dónde. Luego vino el dolor y la incomodidad y volví a ser yo, no precisamente en mi mejor versión. La lectura durante una convalecencia convierte al libro objeto de nuestra atención -en el caso de que sea uno solo- en una experiencia singular, sobre todo si tienes el ordenador en un estudio que está a una distancia insalvable, dadas las circunstancias. No hace falta que la anchura de un río sea muy grande para convertir su vadeo en una empresa difícil. No haré ningún spoiler, el libro es poliédrico, hay varios relatos -todos interesantes, algunos apasionantes- que se desarrollan en un momento histórico en el que se dirimió el futuro de una nación indígena -los apaches- aprisionada entre dos destinos nacionales tan potentes como letales: los Estados Unidos de América y México. Lo que transcribo ahora mismo son algunas reflexiones colaterales que enriquecen la narración. No quiero olvidarlas. Tienen esa característica única que es la intemporalidad y la…, no encuentro la palabra, esa cualidad que permite que puedan estar en cualquier libro.

No sabemos de qué trata un relato hasta que lo terminamos, incluso si somos nosotros quienes lo estamos escribiendo; no tenemos ni idea de por qué hicimos un viaje hasta que estamos de vuelta en casa; una vida es una secuencia de acciones sin pies ni cabeza hasta que termina.

Eso.

El presidente estaba atribulado cuando se sentó a cenar esa noche con su mujer -Frances Folsom Cleveland, discreta, ilustrada y brillante; se decía en su tiempo que había sido ella quien le había ganado la presidencia al desabrido de Cleveland. Frances Folsom le preguntó: ¿Qué te pasa? Tal vez, respondió, condené a muerte a un hombre acosado solo porque me enojó la impertinencia de Endicott. ¿Quién?, le preguntó ella, mientras le servía un plato con chuletas de cordero y ejotes. El secretario de Guerra. Ya sé que tu secretario de Guerra es Endicott; a quién van a matar, volvió a preguntar ella. A un bandolero, se llama Gerónimo. ¿El apache?, preguntó la señora abriendo mucho los ojos. ¿Sabes quién es? Es más famoso que tú. El presidente alzó la cara del plato para asegurarse de que su mujer no estaba bromeando. Ella le dijo: Mejor invítalo a Washington y me lo presentas, que nos hagan una foto a los tres juntos, con eso ganamos el Senado. Cleveland se quitó los lentes, se talló ambos ojos con el pulgar y el índice de la mano derecha. Jesús, dijo.

O eso otro, que me recuerda una historia maliciosa que se contaba en Washington en los años noventa: Hillary Clinton conversa con el propietario de una gasolinera, cerca de su ciudad natal, aprovechando un repostaje. Viajan en coche oficial. Reanudan el viaje y Hillary se recuesta de nuevo en el asiento y Bill le pregunta quién era. “Se llama John, salí con él en el instituto”. Has progresado, le dice su marido con malicia, a lo que ella responde: “No, si me hubiera casado con él ahora él sería el presidente de los Estados Unidos”. Cleveland no hizo caso de su mujer y ordenó que se apresara a Gerónimo, se le juzgara y se le colgara. O, mejor aun, que se le matara en combate o por la espalda. Los hombres carecen de sutileza, aunque hay algunas excepciones:

El teniente Gatewood era un hombre alto y delgado, de cejas pobladas y bigote de banquero, que se peinaba cuidadosamente en dos alas simétricas. Los chiricahuas, que de verdad lo querían y respetaban, le habían concedido el honor rarísimo de darle un nombre apache no tan burlón: “Bay-chen- daysen”: Nariz Larga -a otro militar, que se creía muy guapo, le pusieron “Moco de Guajolote”-. Los ojos los tenía oscuros y sitiados por unas ojeras aceitosas color caoba que probablemente hayan sido un síntoma más de las reumas feroces que le cocieron el cuerpo desde los tiempos en que se graduó de la academia militar y que nunca lo dejaron ni caminar ni sentarse en paz en una silla: pasaba la mayor parte del tiempo o en el caballo o acostado porque todas las demás posiciones le resultaban insoportables. Usaba sombreros de alas muy anchas para protegerse del sol y se vestía de paisano para ejecutar misiones fuera del cuartel. Era un hombre lento, coherente y melancólico, que tendía a establecer excelentes relaciones con los indios y pésimas con sus comandantes en el ejército. Cumplía sus órdenes, pero siempre utilizando métodos cuando menos irritantes. Sus superiores solían odiarlo apenas un poco menos de lo que lo necesitaban.

Gatewood me recuerda un poco a mi amigo Lucas, que hizo las prácticas de la mili conmigo como oficial médico y tuvo frecuentes altercados disciplinarios con sus superiores debido a su sentido exagerado de la justicia; y a las crónicas de Jacinto Antón, que siente debilidad por los uniformes y los héroes anti-héroes. También a mi mismo, porque es un perdedor de primera categoría y porque sufre dolores abdominales como los que me atormentan ahora mismo cuando trato de cambiar de postura para escribir estas líneas. Exasperado, me levanto para ordenar la cama y me suben punzadas de dolor como descargas eléctricas desde la ingle, donde está la herida, hasta el cerebro. Camino a pasitos, encorvado, como un anciano, con una mano protegiendo la herida, y ordeno papeles y cojines. Se me cae algo al suelo, pero no lo recojo. Por las ventanas del dormitorio entran rayos de sol esperanzadores. Cuando vuelvo a acostarme grito de dolor porque estoy solo; si hay alguien cerca me reprimo: soy un apache chiricahua herido.

El teniente no albergaba la menor duda sobre la superioridad general de los hábitos de los descendientes de europeos, pero no estaba ciego: los indios vivían más, eran jinetes más diestros y soldados más resistentes; eran padres, hijos, abuelos espléndidos; no recordaba haber visto nunca a un apache acobardándose en la hora del combate; su capacidad para sacrificarse por el bien de la mayoría era cuando menos admirable. Y le quedaba claro que [el presidente] Jackson había propuesto y firmado el Acta de Remoción porque hubiera preferido que los indios simplemente no existieran, los odiaba, los despreciaba, le daban asco -igual que los mexicanos, los chinos y los negros-. Aun así, imaginar que su carrera formaba parte de una ola en la marea de la historia del país le concedía vigor, tal vez hondura, a su propia vida. Miró hacia atrás y vio las tiendas, las banderas, los hombres con las fatigas limpias todavía en formación estricta. ¿Y ahora contra quién vamos a pelear?, pensó.

Dejo la lectura porque los puntos tiran demasiado y empiezo a preocuparme. Estaba en un buen momento: al hombre le gusta pelear, no importa dónde. Los calmantes y antiinflamatorios no parecen hacer efecto y han pasado ya cuatro o cinco días de la intervención. De todas maneras decido dar un corto paseo con Molly y Miss Brown y después me encamino hacia el estudio. Subo la escalera metálica con parsimonia, abro la puerta, me siento delante de la pantalla, frente al teclado, y empiezo a trabajar con los dientes apretados, ignorando el dolor. Es lo que solemos hacer los apaches. Al cabo de un rato el dolor remite. Es como un milagro: simplemente remite, hasta desaparecer por completo durante cortos períodos de tiempo.

Ahora me rindo y eso es todo, de Álvaro Enrigue, ha sido capaz de convertir el dolor en belleza. Es arte.

Gatewood sabía que si la vida lo ponía en situación de hacer de nuevo el viaje al suroeste, ese paisaje que había marcado su mente como una piedra que deja un agujero en la nieve ya no iba a ser el mismo. Idos los chiricahuas, llegarían los ranchos, el ganado, los pueblos con sus iglesias, sus hoteles, sus leyes y sus cementerios. Iba a llegar el sonido de las carretas y el estrujarse de ropas de los puritanos silenciosos yendo al templo los domingos, iban a llegar las campanas y los gallos, los maullidos de los gatos, el infierno de las locomotoras.

Así se forja un país. Esta tarde me quitan los puntos.

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