NY 1982 (otra copia)

Es una historia que merece ser contada. En Nueva York, en 1982, viví unos meses en el apartamento de un amigo que estaba acabando la carrera de medicina haciendo prácticas en el Memorial Sloan Kettering Hospital. La situación era privilegiada: calle 72 Oeste, entre la segunda y la tercera avenida, a un minuto de Central Park y a tres del hospital, que era el propietario del apartamento. En una de esas avenidas, un poco más al norte, había un coffee-gallery regentado por un yugoslavo alto y esbelto, casado con una bailarina de ballet clásico. Tenía un aire a Illya Nastase. El local tenía forma de U, podías entrar por uno de los extremos y salir por el otro, salvando el espacio por el que se accedía al interior del edificio. Era estrecho, con las paredes forradas de fotos enmarcadas de ballet, algunas dedicadas y firmadas. Las camareras también eran bailarinas. Recuerdo a una de ellas, Mari, me fascinaba la postura con la que tomaba nota de la comanda: la cintura doblada, las piernas rectas, un pie ladeado, como si estuviera en la barra de ejercicio. En el seno de la U estaba la cocina y el servicio y las mejores mesas eran las que daban a la calle. Mi amigo entabló una cierta amistad con el yugoslavo, que le contaba cosas extraordinarias, como planes militares que afectaban a los EEUU y a los Países No Alineados, una extraña organización de la Guerra Fría que presidía Yugoslavia. Un día estábamos sentados en una de las mesas y vimos entrar a unos cuantos hombres que se dirigieron al fondo del local, de uno en uno, aparentemente al servicio, y después desaparecieron. Desde nuestra mesa se veían las dos entradas y doy fe de que los vimos entrar y no los vimos salir, y no cabían todos en el local sin hacerse notar; y mucho menos en el servicio, que era pequeño. Simplemente desaparecieron. Poco después este extraño personaje me ofreció mostrar mi trabajo en su local. Yo pintaba en el apartamento de mi amigo, en el suelo, en el mismo salón donde dormía en un sofá cama. Acepté. Retiró la mayoría de las fotos y colgué mi trabajo. Un día estaba con una amiga tomando un capuccino y enseñándole la exposición cuando se acercó a nuestra mesa un hombre serio, corpulento, circunspecto, nos mostró una placa y nos pidió amablemente pero con firmeza que abandonáramos el local, que quedaba precintado por la autoridad hasta nuevo aviso. Obedecimos y salimos a la calle con el resto de parroquianos, tan sorprendidos como nosotros. ¿Qué pasaría con mis pinturas? Traté de preguntárselo a uno de los policías, o agentes federales, o lo que fuera que fuesen, pero mi inglés era muy malo y el tipo no era amable. Le pedí a mi amiga que se lo preguntara ella, pero no se atrevió. Se fue. Yo fui a buscar a mi amigo, que milagrosamente estaba en casa (vivía enclaustrado en el hospital), y le pedí ayuda. Accedió, pero antes cogimos una pancarta que habíamos hecho para una manifestación -NO NUKES, si no recuerdo mal congregó a un millón de personas en la Quinta Avenida-, la doblamos cuidadosamente, reduciéndola a un pequeño hatillo, y la tiramos en un contenedor de basura a varias manzanas de nuestro apartamento. Yo alucinaba. Luego fuimos a hablar con aquellos tipos duros, que seguían allí. Nos miraron mal, temimos por nuestras vidas, pero nos perdonaron y nos dijeron que sería cuestión de días. Efectivamente, al cabo de dos semanas el local reabrió y nuestro amigo Nastase nos recibió con una sonrisa relumbrante y ninguna explicación. Un par de semanas más tarde, vi como discutía con la camarera llamada Mari. Finalmente ella se fue a cambiar y abandonó el local llorando. La seguí. Anochecía y estaba lloviendo. Caminamos juntos hasta la parada de autobús. Me dijo que la había despedido. Hoy, último día del año 2018, me ha enviado un mail deseándome lo mejor para el año próximo.

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