después de Goya 1977
Inspirado en los fusilamientos de Goya, 1977

capítulo 41 de Dosmildiez (libro inédito)

En 1969 acabé el colegio. Hasta entonces creí que había llevado una existencia normal. Lo que se considera una infancia feliz. No me faltaba de nada; mi familia era burguesa, de clase media alta, mientras más de medio mundo se moría de hambre, cuando no estaba desgarrado por guerras atroces, como la que habían pasado mis padres. Me costó años entender que la falta de libertad individual me había traumatizado, a pesar de mi buena salud. Luego, en 1975, acabé el servicio militar, murió el dictador y se rompieron por fin todas las cadenas. Me vendí todo mi patrimonio -una moto de trial y un equipo de esquí alpino-, dejé la carrera universitaria en el quinto y último curso y me fui con mi novia a vivir en el campo, muy lejos de la ciudad que me lo había dado todo y de la empresa que me estaba destinada. Mi expediente académico universitario era sorprendentemente decente, teniendo en cuenta lo mal estudiante que fui durante el bachillerato. Así pues, hasta aquel momento había cumplido con todas las expectativas sociales y familiares, sobre todo las más convencionales, aquellas que hacen posible la armonía entre el individuo y su entorno, y me lo había pasado en grande pilotando una buena moto en competiciones oficiales.

Como Raimundo Gras y mi padre, cuando salí del ejército yo era una persona muy diferente de la que había entrado. Obviamente no es lo mismo una guerra declarada que una solapada, pero la institución es la misma y los mandos que yo tuve estaban marcados a fuego por la experiencia de la Guerra Civil, ya sabemos desde qué perspectiva. Dios, patria y rey no son más que excusas para matar, la inmensa mayoría de las veces por intereses particulares inconfesables. Lo intuía. Ahora lo sabía. Aquella experiencia sin ninguna duda extrema me reveló una información sobre mi persona que no deseaba conocer, aunque lo sospechara: era un cobarde, porque no tuve el valor de mi amigo Santi Fabré, que se declaró insumiso, cumplió una pena de cárcel y colaboró a que con los años la obligatoriedad del servicio militar desapareciera. También podría haber desertado, antes de empezar, y recuerdo haber iniciado contactos para encontrar refugio y trabajo en Londres, pero tampoco tuve el coraje suficiente para afrontar los diez años de exilio que esta decisión hubiera acarreado. Descarté provocarme enfermedades físicas o mentales, como hicieron otros, porque me daba pavor. Al final hice lo que se esperaba de mí: milicias universitarias, un apaño de la burguesía para que sus hijos pudieran pasar por ello en mejores condiciones, y me licencié con el grado de sargento. Fui un impostor, mentí todo el tiempo, y lo hice por interés. Estaba avergonzado por mi falta de lealtad, honor, decencia, bondad, respeto y todos esos principios que no me costaba nombrar, pero sí implementar. No había oído hablar todavía de la inteligencia emocional, pero intuí que podía ser una asignatura de quinto curso y sabía que la suspendería. Tenía que purificarme de alguna manera y abandoné la universidad. Era necesario. Acabar la carrera hubiese sido la primera de otra cadena de concesiones que acabarían convirtiéndome en un engranaje más del sistema más perverso que ha conocido la humanidad. Lleva un bonito nombre: liberalismo, pero enmascara algo tan feo como el aforismo que lo define: robar a los pobres para dárselo a los ricos. A mí me explicaron en clase de religión que se peca por acción y por omisión (siempre he pensado que fue un descuido del maestro, que ignoraba el alcance de esta sabia enseñanza); y el pecado de omisión parece todavía más grave que el de acción, porque añade al cóctel de despropósitos una buena dosis de cobardía y egoísmo.

En los márgenes de la sociedad encontré frío y aislamiento, pero también una verdad y un amor de una calidad diferente, o al menos así me lo pareció a mí. Haz el amor y no la guerra es otro aforismo que llevo desde entonces prendido en la piel. El hippismo, o lo que fuera que yo amaba, representaba esos valores, esa realidad paralela, esa verdad que necesitaba desesperadamente para encontrar algo de luz en medio de aquella monumental confusión. Mi padre me dijo un día, después de verme alquilar planchas de windsurf en la playa de Ampurias, rozando los treinta años, sin más patrimonio que un cierto talento para la pintura que no sabía rentabilizar y un perro llamado Trancos, que consideraba que yo estaba preparado intelectualmente (no utilizó esta palabra, que desconocía) para hacer un trabajo más interesante y productivo que el que estaba realizando en aquel momento. No supe qué responder.

Poco antes de licenciarme leí Enterrad mi corazón en Wounded Knee, de Dee Brown, y aquel libro acabó de trantornarme. Era otra guerra, la de los indios norteamericanos y el hombre blanco, pero era la misma. Recuerdo la perplejidad de los indios tratando de negociar con seres humanos que pretendían poseer la naturaleza con títulos de propiedad impresos en papel. Ellos sacralizaban la tierra y consideraban una obligación moral entregársela a sus descendientes en las mismas condiciones que la habían recibido. Nada más lógico. Uno de aquellos jefes trató de explicarle al oficial que tenía enfrente -estaban negociando un tratado- lo absurdo que era decir “este monte es mío, y el cielo que está sobre él, y el aire que lo abraza, y el río que lo atraviesa, y el desfiladero que lo divide en dos”. Me cayó encima todo el peso de la culpa de la humanidad. En On the Road, Jack Kerouac pone en boca de Moriarty una frase memorable: “De los griegos para acá todo ha sido mal formulado”. Actué como si eso fuera cierto.

En 1989 me convertí en padre, y cuando conseguí bajar de la nube a la que me elevó esta condición (fue brutal: andaba por la calle Balmes, camino de la Clínica del Pilar, donde había nacido mi hijo, sin tocar el suelo, levitando, pensando que el misterio de los Reyes Magos de Oriente -estábamos en Navidad- era una fruslería comparado con el milagro de una nueva vida) comprendí que tenía que tomarme la vida de otra manera. Los amaneceres nunca volvieron a ser los mismos, mientras que los atardeceres fueron a partir de ese momento más hermosos que nunca. Me di cuenta de que lo que no había conseguido la maquinaria genética que había provocado mi existencia lo conseguiría la que había contribuido a crear yo. Se llama responsabilidad. No la de oponerse a un sistema social notoriamente injusto -la epifanía de 1975-, sino la necesidad de informar a mis hijos con la máxima delicadeza, porque el entorno no ayuda, que la gente que les rodea es maravillosa, pero está esencialmente equivocada.

Y por fin llegamos a 2010, el año de la muerte de mis padres, con pocos meses de diferencia entre uno y otro, y todo ha cambiado de nuevo.

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