alegoría de la república española 2001 (copia)
Alegoría de la República Española, 2001 (detalle)

Un fuerte resfriado abre un inesperado paréntesis en mi vida de dos o tres días. Me refugio en la lectura. Estoy leyendo dos libros de peso. Una historia de amor y oscuridad, de Amos Oz, es demasiado veraz, para mi gusto. Me atraen los relatos autobiográficos, porque creo que toda la literatura es autobiográfica, sobre todo si viene acompañada de una buena dosis de ficción. La combinación entre ficción y realidad es la que hace posible que una experiencia individual pueda convertirse en universal. Ser demasiado preciso con los detalles y las cronologías no es una garantía de autenticidad: “Los artistas mienten para decir la verdad, mientras que los políticos lo hacen para ocultarla” (V de Vendetta).

Voss, del escritor australiano Patrick White -otro premio nobel-, promete más de lo que finalmente ofrece, pero tiene párrafos memorables.

…la joven se encontraba arreglándose el cabello frente al espejo. Estaba pálida, aunque hermosa, vestida de verde musgo. Si la tez de Laura fuera más sonrosada, sería una verdadera belleza, se decía la tía Emmy, y por eso le aconsejaba que siempre dejara caer su pañuelo al suelo antes de entrar en cualquier habitación, para que la sangre le subiera hasta las mejillas cuando se agachara para recogerlo.

Me fascina la capacidad que tienen algunos escritores anglosajones, como White, Huxley y Maugham, para resumir el destino de la humanidad en el vuelo de un pañuelo. Es admirable la elegancia con la que nos dicen que el reto de comprender la existencia humana es inabarcable. Sino, que se lo pregunten a la tía Emmy. White me ha llevado hasta la página 159, pero me cuesta seguir; y la televisión tiene poco que ofrecer. La política, en general, es de un nivel tan bajo que roza lo despreciable y la actualidad, tal como la cuentan, es morbosa. Al grito de “¡más periodismo!” nos cuelan día tras día mensajes alienantes, con un ritmo endiablado.

Mi amigo Pablo Tarrero dice que no hay nada más barato que un periódico. Por un euro -es un decir- ofrece una variadísima cantidad de material de lectura. Hace algunos años dejé de comprar El País, mi periódico de cabecera de toda la vida, por su línea editorial con respecto al Procés catalán. Fue duro. Conozco bien a sus reporteros -Pablo Ordaz-, columnistas -Millás-, humoristas -Forges- y filósofos -El Roto-, pero la derechización de su línea editorial se me hizo insoportable. No soy independentista, porque amo España y me gustaría llegar a un pacto de convivencia que sea tolerante y respetuoso con la diferencia, como debe ser, pero parece que la mayoría parlamentaria no está de acuerdo conmigo y exige mano dura. Es una lástima. De todas formas, lo compro los sábados, con la excusa del Babelia, y este domingo, porque me encuentro mal y me gusta hacer el crucigrama blanco.

Me salto las primeras páginas, tratando de eludir la cosa política, y me detengo en la sobria calidad del dibujo de El Roto. “Primero hay que desorientarles para luego venderles nuestras guías”, dice. Es un buen comienzo. El largo artículo de José Álvarez Junco sobre el mito de la Reconquista me parece interesante, aunque no entiendo por qué lo relaciona con los mitos catalanes, pero parece que hoy todo tiene relación con Cataluña. A lo mejor es porque sabe que si dispara contra Cataluña le publicarán su relato demoledor sobre la gran mentira de la Reconquista. Que hay otras, ya lo sabemos. Toda la historia es mentira. Todo es ficción, menos el pañuelo de Laura al caer frente al dintel de la puerta del salón de tía Emmy.

John Carlin habla de otro premio nobel:

En el mismo acto recordó a sus nuevos correligionarios, aliados de Vox, que su enfado proviene, como leemos en sus columnas de El País hasta el aburrimiento, de su gran obsesión y objeto de ira, el nacionalismo. Está bien. A muchos tampoco nos gusta. El problema es que a Vargas Llosa le disgusta demasiado. Quiere acabar con el nacionalismo, lo quiere erradicar. El odio le ciega. No parece haber entendido (como tampoco lo entendió otra de sus bestias negras, Karl Marx) que el nacionalismo es como el invierno: debemos aprender a convivir con él y, si no nos gusta, a limitar sus daños.

A media transcripción me he dado cuenta de que el artículo no es de El País, es de La Vanguardia. Sorry! Los tengo mezclados sobre la mesa y no he podido evitar asociar John Carlin y El País. ¡Qué tiempos! Francesc Valls titula su artículo “Montserrat, mito y realidad”. Más mitos. Más Cataluña. El abad Escarré, que dejaba entrar a Franco en la abadía bajo palio -pocas bromas-, dijo en 1963 que la mayoría de los catalanes no son separatistas: “Nosotros somos españoles, no castellanos”. ¿Será también de La Vanguardia, o se la ha colado Valls a El País? En las páginas de cultura encuentro por fin solaz y sosiego. Mary Beard nos habla de la maravillosa Afrodita de Cnido, de Praxíteles, y cita esa bonita historia:

En este sentido, hay una famosa anécdota que hace referencia a dos pintores de finales del siglo V a.e.c. (antes de la era común), Zeuxis y Parrasio, que compitieron para decidir cuál de los dos era más hábil. Zeuxis pintó un racimo de uvas con tal realismo que los pájaros acudieron a picotear. Aquella ilusión prometía alzarse con la victoria. Sin embargo, Parrasio pintó una cortina, y Zeuxis, envalentonado con su éxito, exigió que se corriese para mostrar la pintura que había detrás. Según Plinio, que fue quien narró la historia en su enciclopedia, Zeuxis enseguida se percató de su error y reconoció la victoria de su contrincante con estas palabras: “Yo engañé a los pájaros, pero Parrasio me engañó a mí”.

Pablo tiene razón, el periódico da mucho juego, aunque no tanto como un buen libro. Vuelvo a Voss, página 160, y leo esa soberbia descripción:

El exconvicto era un hombre discreto en todos los aspectos, algo que se hacía más evidente en una persona de su volumen y fuerza. De hecho, era una mezcla de potencia y delicadeza, igual que esos árboles retorcidos que el tiempo y la climatología han torturado hasta convertirlos en formas grotescas, pero que siguen despidiendo aromas leves y sutiles y cuyas hojas tiemblan con el más mínimo cambio en el viento. Tenía el cabello prácticamente gris, y la nuca surcada de profundas arrugas. Era difícil calcular su edad, pero no era viejo. Hablaba pausadamente, aunque podría decirse que era elocuente. Cabía imaginar que sus conocimientos fueran considerables, aunque también parecía que nunca los compartiría, ni siquiera bajo amenazas. No es que no confiara en los hombres; más bien se trataba de que la injusticia y el desprecio de los que había sido víctima durante determinado periodo de su vida lo habían llevado a encerrarse en sí mismo. Había vuelto de entre los muertos, aunque no era capaz de admitir que aquello había sido un milagro, y puede que nunca lo hiciera; y puede que, en realidad, ni siquiera lo hubiera sido.

Por un momento he pensado que el exconvicto era uno de los consellers que están en prisión. ¡Qué obsesión!

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