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Hace unos días desmontamos El jardín de la memoria, la escultura de los cubos de aluminio que estaba situada junto a la recepción del Hotel OMM. Ya es pasado. Los que parecía que ópticamente atravesaban la pared se han separado de ella con facilidad, mientras que la torre vertical de siete unidades ha ido menguando lentamente. Es triste para un escultor desmantelar una obra como esta, instalada hace quince años con la idea de que durara al menos cien. Cada cubo lleva el nombre de un nieto de Rosa Esteva. Inauguramos con siete y hemos cerrado con una docena. Estos años la escultura ha ido creciendo a medida que la familia también lo hacía (en la foto, instalación del último cubo, en septiembre de 2017). Pero lo peor no ha sido eso; lo desolador ha sido contemplar como aquel sueño de un hotel en el centro de Barcelona que era más que un hotel, aquel lobby que invitaba a entrar para desayunar, picar algo, comer a lo grande o simplemente encontrarte con alguien a quien seguramente apreciabas, o tratabas de impresionar, ha desaparecido por completo. Derruido. ¡Y estaba nuevo! Y funcionaba, vaya si funcionaba. No tengo ni idea de lo que harán, pero aquello tenía magia y eso es algo muy difícil de conseguir.

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