Luis Fernando Perez
Luis Fernando Pérez en la Academia Marshall, hace unos años. Lo que está sonando es Rachmaninov, si no recuerdo mal / Foto de Maria Alzamora

La Academia Marshall Granados me invitó a presentar una ponencia, en el marco de unas jornadas sobre música española. El tema era la Suite Iberia, de Isaac Albéniz, y compartiría estrado con Luis Fernando Pérez. Toda mi vida he deseado presentar una ponencia e impartir un semestre de cualquier cosa en una universidad americana. Ahora, por fin, iba a ver realizado la mitad de mi sueño. Llegué con tiempo y pude asistir a una parte de la ponencia anterior, dedicada a Xavier Montsalvatge. Entre otras cosas, quería conocer la dinámica del acto. Fue muy interesante. Un hijo del músico explicó que su padre detestaba cordialmente (la expresión es mía, o más bien de mi madre) a Beethoven; me recordó a Albéniz refiriéndose a Mozart: “Es bien sabido que Mozart es un genio, pero…”. Añadió que su padre había comentado en alguna ocasión que si tuviera que escribir la historia de la música eliminaría a la mitad de su santoral (otra vez, la expresión es mía). Me encantó. No me gusta la sacralización del arte y esa muestra de criterio me pareció lúcida e inteligente. También habló -el hijo de Montsalvatge- de algunos paralelismos que establecía su padre entre música y pintura. Albéniz decía que en otra vida le hubiese gustado ser pintor. A mí me encantaría ser músico, en la siguiente. José Luis López-Linares tituló su documental sobre Albéniz El color de la música.

Llegó el momento y Luis y yo nos sentamos en la mesa presidencial, ante una sala abarrotada de un público entregado a la causa. Esa sala lleva el nombre de Alicia de Larrocha y por ella han pasado los más grandes. Siguen haciéndolo. Obviamente, yo no soy uno de ellos, pero Luis sí. Es un pianista maravilloso. Tomó la iniciativa, jugaba en casa, Luis ha recibido clases en esa academia y actualmente las imparte. Forma parte del claustro (qué palabra tan bonita). Lo sabe todo de Iberia, yo ni siquiera soy capaz de nombrar los cuadernos sin equivocarme alguna vez. Mi presencia obedecía a una cuestión biológica y literaria: soy biznieto de Albéniz y he escrito un libro que, sin ser una biografía al uso, se titula Suite Albéniz.

Fue apoteósico: Luis estaba inspirado y el tema le apasiona. Como un entrenador de fútbol al que le va la vida en el partido, no se sentó ni un instante en su bonita silla modernista de madera oscura y fieltro rosado. Hablaba, gesticulaba, tocaba, iba y venía y, sobre todo, transmitía su saber y contagiaba su entusiasmo. De vez en cuando hablaba de mi libro: “maravilloso”, “único”, “inspirador”, “diferente”, prometía cederme la palabra para que hablara de él, para que leyera algún capítulo, si me parecía oportuno, pero luego se embalaba y continuaba su disertación. Sospecho que en algún momento sus pies no tocaron el suelo, mientras sus manos acariciaban las teclas del piano para mostrarnos algo significativo, quizás excepcional. Había algo de exaltación en aquella brillante exposición. Mientras tanto, mi presencia se diluía, me iba convirtiendo poco a poco en un jarrón art decó, que entonaba bien con la decoración del lugar, pero al mismo tiempo sentí que complementaba su discurso, porque mi libro se centra en el aspecto humano del compositor nacido en Camprodón. Así, Luis nos habló de un Albéniz exuberante, generoso, expansivo, simpático, buen amigo de sus amigos, excelente tertuliano y muy buena persona. Perico Pastor, después de leer Suite Albéniz, me escribió: “Recién terminado tu Albéniz. Me lo he pasado en grande, y me he quedado con las ganas de conocerle. Debía ser un tipo arrollador. Empecé el libro la misma noche de su llegada: el insomnio me llevó a mi mesa de trabajo, me bajé Iberia por de Larrocha (sí, claro) y estuve escuchando en loop durante toda la noche, mientras trabajaba y leía”.

Luis e Isaac hubieran disfrutado mucho juntos, saboreando un buen coñac y fumándose un buen puro, pero sobre todo conversando, riendo y compartiendo experiencias. Hubieran escenificado a la perfección la mítica pareja de Don Quijote y Sancho. Ya sabemos que Albéniz era “un Don Quijote con maneras de Sancho Panza”, y Luis Fernando Pérez, delgado, fibroso, con el rostro alargado y la barba corta, sería un perfecto Don Quijote. De hecho, lo hicieron: ¡se lo pasaron en grande!

Yo escuchaba embelesado y sonreía para mis adentros, porque el tiempo corría y después había una mesa redonda. En esas jornadas el tiempo está pautado, porque hay bastante gente implicada. Luis no podía ser más atento ni más desconsiderado conmigo; sin embargo, era imposible ser más cariñoso y considerado. Habló de Suite Albéniz con un entusiasmo desbordante. Finalmente se sentó y todos aplaudimos durante un buen rato. El tiempo se había agotado. ¡Yo estaba encantado! Sonreí al respetable y les anuncié solemnemente que acabábamos de vivir un momento histórico: “El día que Luis Fernando Pérez y yo presentamos una ponencia juntos y yo no abrí la boca”. Mi silencio me pareció magnífico. Añadí que aquel día a lo mejor habíamos escrito un nuevo capítulo de mi libro, porque esta suite es un libro vivo; si merece una segunda edición incorporará nuevos capítulos. Ya he escrito algunos. Un buen amigo mío, Jaume García Antón, me escribió después de leerlo para decirme que le había encantado, pero que echaba de menos que hablara algo más de música. Tiene razón, el problema es que yo no estoy capacitado para hacerlo. ¡Pero Luis sí! Pregunté a la sala si alguien había grabado la conferencia. ¿Se habría perdido para siempre aquella memorable actuación? Milagrosamente, desde la primera fila, María José Alonso levantó el brazo y me mostró su móvil. Lo había grabado todo. Me lo enviará. Lo estoy esperando como agua de mayo.

Antes de acabar, tuve tiempo de explicar que el título original es Suite Albéniz, y el subtítulo, que no pude poner por razones editoriales, es El día que Rosa Torres-Pardo y yo ejercimos de biznietos de Isaac Albéniz. Además de dar el tono del libro, hace referencia a un capítulo en el que narro una escena en el cementerio de Montjuïc, el día del centenario de la muerte de Albéniz, cuando la organización me invitó a hacer una ofrenda floral en nombre de la familia. Antes, lo habían hecho representantes de la ciudad de Barcelona y de la Generalitat de Cataluña. Pero, ¿y los músicos? Le pedí a Rosa, que estaba presente, porque poco después nos ofreció un concierto en el Palacete Albéniz para cerrar el acto institucional, que me acompañara y juntos depositamos las flores al pie de la tumba del maestro. Podría haber sido Luis, el que tocara después de la ofrenda floral, o Marta Zabaleta, a la que tenía enfrente mientras Luis hablaba y yo callaba, o Alicia de Larrocha -si hubiera estado en condiciones de hacerlo sin duda hubiese sido ella la elegida-, pero fue Rosa y lo hizo maravillosamente bien. Una de las tesis de este libro es que para ser familia de Albéniz no es necesario tener lazos de consanguinidad: “Hay más familiares de Albéniz en esta sala que en una comida de Navidad de mi familia”, dije, por fin. Me despidieron con una ovación.

¡Me la merecía!

 

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