estudio sept 2011

Escribí este texto hace diez años, poco antes de que muriera mi padre.

Para un pintor, y mi padre lo es, aunque no se haya dedicado nunca profesionalmente a la pintura, el estudio es el lugar donde pasa los mejores momentos del día. Cuando le hablan a José Luis Pascual, pintor y escultor -también es un buen coleccionista y tiene cuatro pasteles de mi padre, cuatro bodegones de flores, colgados en un lugar destacado de su casa-taller-, de su legendaria capacidad de trabajo y de las horas que pasa en su estudio le quita importancia y responde que en ningún lugar se lo pasa mejor. José Luis ha restaurado unos antiguos viveros en Saus, en la carretera de L’Escala, a dos pasos de Ampurias, y lo ha distribuido con notable acierto. El área de I+D comparte espacio con su archivo, muy completo, y es la antesala al estudio propiamente dicho, equipado con todos los útiles imaginables, cuidadosamente ordenados. Un poco más allá, hay una gran sala de exposiciones y un almacén de proporciones gigantescas, al menos para mi, que me lo miro con sana envidia. De todas maneras, su producción es mucho mayor que la mía. El jardín que rodea el conjunto arquitectónico hace la función de patio de esculturas, con obras de gran formato, y en él las glicinias tienen también un protagonismo destacado. En un rincón, frente a la entrada principal de la sala de exposiciones, hay una sólida mesa de madera que ha sido testigo de innumerables tertulias.

El de Hiroshi Kitamura está a unos pocos kilómetros, en el vecino pueblo de Camallera, y es un pesebre donde manda la naturaleza. Apenas se distingue la silueta del escultor, trabajando, con ropas holgadas de colores terrosos que se confunden con las ramas y troncos que lo rodean por todos lados; son la materia prima con la que construye sus delicadas obras. La escena tiene algo de Vermeer, por la calidad de la luz y por su atmósfera de concentrada laboriosidad. Es un Aleph; no es difícil imaginar que es un lugar que puede atrapar la energía de varias hectáreas a la redonda. Hay un ramal que llega hasta Japón. El jardín contiguo lo preside una vieja higuera, con la que Hiroshi convive en buena armonía. Podría haberla hecho él, pero la hizo Dios, en un descuido.

Los estudios son también buenas definiciones de quienes los habitan.

Lo que pasa en mi estudio ahora mismo es lo mismo que pasó ayer, y hace diez años, y veinte, nada ha cambiado; y, sin embargo, todo ha cambiado. Eso es debido a su calidad de tiempo suspendido, una rara forma de ingravidez que también tienen algunos jardines.

Hace seis años, mi padre me pidió que le diseñara un libro-catálogo para dejar constancia de esta faceta suya que tanto ama. El reto era complicado. ¿Cómo diseñar un catálogo digno, de coste asequible y dimensiones ajustadas, capaz de resumir la obra de un artista de más de noventa años que nunca ha publicado nada? Lo lógico hubiera sido hacer una selección de obras para formar un cuerpo documental lo más representativo posible de todas sus épocas creativas. Localizarlas, clasificarlas, fotografiarlas, volver a escoger una y otra vez hasta dar con la selección apropiada. Un trabajo ingente y caro, en tiempo y dinero, sobre todo en tiempo.

El proyecto estuvo varado al menos un año, hasta que di con una solución que aún ahora me parece brillante. Se la expliqué a Eduardo Llasat, un fotógrafo que sin duda captaría e interpretaría mi idea a la perfección, y lo llevé al estudio de la calle Roger de Llúria. Mi padre apareció en plena sesión y Eduardo le hizo varios retratos, como el que finalmente publicamos en el libro. La idea era simple: recrear una visita al estudio tal como estaba en el momento en el que abrimos la puerta. No preparé nada. Dejamos que entrara la luz y nos mostrara todo lo que contenía aquel lugar tan especial, empezando por un largo pasillo con las paredes repletas de cuadros, propios y ajenos, que comunica con la sala principal, muy luminosa gracias a una amplia galería acristalada que da acceso a un patio interior de manzana, típico del Ensanche barcelonés. Eduardo lo resolvió con una sola foto en blanco y negro tomada desde la puerta de entrada. En la zona de trabajo había muchos papeles pintados al pastel clavados en la pared con chinchetas, bastidores apoyados y apilados con cierto descuido, otros colgados, algunos enmarcados, obras comenzadas en un par de caballetes, objetos variopintos utilizados para bodegones o sesiones con la modelo y pinceles y barritas de pastel Rembrandt por doquier. Revolvimos montones de papeles y fotografiamos algunos, muchos de ellos sin firmar.

Con este material y un texto firmado por Teresa Casanovas maquetamos el libro. Me gusta mucho el resultado. Jamás hubiera funcionado si la obra no tuviese una calidad notable. A mi padre le entusiasmó. Hasta hace poco lo hojeaba varias veces al día con sus largas manos de artista, con delicadeza, me sale decir con unción, le emocionaba verlo. Y para mí era igualmente emocionante contemplar una y otra vez esta escena. Hoy mismo en la galería, a tres pasos de su sillón y de la mesa camilla que comparte con mi madre, en un diván que mis padres han llamado siempre la cama de reposo, hay un pequeño montón con siete u ocho libros apilados. Siempre al alcance de la mano.

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