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Foto Maria Alzamora

La obra empezaba a las nueve en el Teatre de Salt. Fuimos con tiempo porque queríamos comer algo antes de entrar. A doscientos metros del teatro (nosotros no lo sabíamos) nos encontramos con una manifestación provocada por un acto de Vox. ¡En Salt! Como Ciudadanos en Amer. Les va la marcha. Tuvimos que dar media vuelta y tratar de llegar por otro camino. Si no conoces Salt te parecerá que es poca cosa, pero es una empresa digna de la gesta de Pizarro en los Andes. Nos perdimos. El Google Maps por momentos enloquecia, con ese temple con el que te pide que gires a la izquierda e inmediatamente después que lo hagas a la derecha, quiero decir que deberías haberlo hecho hacia la derecha. Dimos unas cuantas vueltas, dudando de si estábamos cerca de Girona o de Palermo, y conseguimos llegar al teatro, con el tiempo bastante justo. Dejé a Teresa delante para pedir una cerveza y algo de picar y fui a aparcar el coche. ¡Me perdí de nuevo! Volví a poner el Maps, volvió a confundirme, volví a atravesar Salt en círculos, como me pasa siempre en L’Hospitalet, reconocí algunas rotondas, varios comercios, una ancha avenida, el Carrer Major, el cauce de un río; casi regresé a Ordis para volver a hacer todo el camino y llegué un par de minutos después de las nueve, sin esperanzas, exhausto. Dejé el coche delante del teatro, muy mal aparcado, y preguntamos si podíamos entrar. Nos lo permitieron con una sonrisa y nos encontramos frente al escenario, en las mejores localidades posibles, con Sergi López delante, frente a una mesa, en la penumbra, corrigiendo exámenes de literatura. ¡Qué estrés, por Dios!

El chico de la última fila es una obra admirable, muy bien escrita, muy bien actuada, con una escenografía muy buena y un ritmo trepidante. Habla de literatura, creo, de cómo la curiosidad estimula el ingenio y éste te anima a meterte en la vida de los demás. Desde esa subjetividad, el escritor aspira a comprenderlo todo. Cada casa, cada apartamento, cada ventana en la que se distinguen siluetas humanas interactuando son invitaciones para fabular. Buenísima.

Al salir, el coche estaba milagrosamente en el sitio donde lo había dejado, preparado para afrontar un nuevo reto.

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