editada por Maria

Triple homenaje, 1994

A Picasso, por la figura que flota en la parte superior, porque Picasso pasó por la historia del arte volando. Sólo tocó tierra en un par de ocasiones: cuando pintó el Retrato de Gertrude Stein y, desde luego, con el Guernica. No sería el que es sin esos dos cuadros. Me encanta la anécdota de cuando unos oficiales alemanes visitaron su estudio, durante la Ocupación, y uno de ellos le afeó que “hubiese hecho el Guernica”. “Eso no lo hice yo -dicen que respondió-, lo hicieron ustedes”.

A Málevitx por el cuadrado rojo, aunque el suyo más importante es el blanco sobre fondo blanco. Debo reconocer que cuando lo vi, en una exposición en el Guggenheim de Nueva York, me decepcionó. No obstante, conceptualmente sigue siendo una referencia importante para mí.

Y a Velázquez por el perfil del perro que recorta el cuadrado rojo. Es el del mastín de Las meninas. Lo he dibujado muchas veces. Parece una leona.

Y podría añadir a Rothko, pero en 1994 todavía no estaba presente en mi imaginario, al menos de forma consciente.

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