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Foto Maria Alzamora

Esta foto es del día que planté la escultura Homenatge a Isaac Albéniz i Alicia de Larrocha, delante de L’Auditori de Barcelona. Fue uno de esos días en los que crees que todo cambiará. Es emocionante. Luego, nada cambia, pero sabes que el silencio es el medio natural en el que se desarrollan las grandes obras y confías en que esa que acaba de descender de los cielos, con una grúa telescópica, sea una de las elegidas. Porque es bella. Porque es adecuada. Ahí está, viendo pasar el tiempo, mientras sientes que el tuyo se te escapa como la arena del desierto entre los dedos de una mano.

Quizás espera que alguien la defina con un gesto adecuado y silencioso, como el que tuvo Hiroshi Kitamura en el Monumento a Walter Benjamin de Portbou. Teresa y yo fuimos con un pequeño grupo de amigos que no la habían visto nunca; la habitamos, porque es habitable, la disfrutamos, porque es impresionante, y en un momento dado nos quedamos solos Hiroshi y yo, en la boca de la escalera que protagoniza la parte más notable de la obra. Era el momento del silencio que sobreviene siempre en ese mágico lugar, que Hannah Arendt describió como “el lugar más bello imaginable”, el día que fue a rendir homenaje a su amigo.

De pronto oí la voz de Hiroshi, queda: “Es una invitación”.

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