Capítulo XXXV de Suite Albéniz (Turner 2018)

46, 47, 48 y 49 _Quinteto Alb__niz_, amb Agudo, Arb__s, G__lvez, Alb__niz i Rubio
Quinteto Albéniz: Agudo, Arbós, Gálvez, Albéniz y Rubio

El 13 de abril de 1894, el Quinteto Albéniz ofreció a un auditorio muy reducido uno de los conciertos más extraordinarios de los que he tenido noticia. Acababan de dar cinco conciertos en Mallorca y, poco antes de embarcarse de vuelta a Barcelona, donde harían escala para dirigirse posteriormente a Londres, les propusieron una experiencia insólita.

Los cinco intérpretes, acompañados por varios porteadores y un pequeño grupo de aficionados, entre los que estaban el músico Antoni Noguera, el bajo Francisco Mateu (Uetam), los escritores Miquel dels Sants Oliver y Joan Lluís Estelrich y el empresario Enrique Alzamora salieron de Palma, por la mañana temprano, en tren hacia Manacor. De allí continuaron en carruajes hacia la playa de Canyamel, en el término de Capdepera. El último tramo, hasta las Coves d’Artà, donde se dirigía la expedición, no fue fácil, pues el camino era abrupto, pedregoso y muy empinado.

La extrañeza y asombro de los guías de las Cuevas llegaron al colmo al recibir la orden de cargar con las voluminosas cajas de los instrumentos musicales, el hacecillo de atriles portátiles, el cartapacio de las partituras y el paquete de bujías. Desaparecieron aquellos hombres, con los instrumentos a cuestas, por la espesura de los pinares que pueblan las vertientes de los montes del Cap Vermey.

La narración es de Antoni Noguera (“Un adagio de Schumann en las Cuevas de Artá”, artículo publicado en La Almudaina, el 31 de marzo de 1904). La historia me la contaron Antoni Mir y Joan Parets y está recogida en su libro Isaac Albéniz a Mallorca.

Al poco rato emprendimos nosotros el mismo camino, sin que ni las fatigas de la ascensión ni lo peligroso de la vereda que sigue las sinuosidades de la costa, a grandes trechos cortada a pico, a muchísimos metros sobre el mar, fueron motivos bastantes para alterar la regocijada alegría y el excelente humor de que gozábamos desde el amanecer.

Es preciso haber sido compañeros de expedición de Albéniz y Rubio, de Santos Oliver, Estelrich y Enrique Alzamora para tener una idea de lo que son el chiste y la gracia, la discreción y el refinado humorismo.

¡Se lo estaban pasando en grande! Cuando llegaron a la entrada de la cueva, los guías encendieron antorchas y abrieron camino a la comitiva hasta la Sala de las Banderas, una impresionante catedral geológica con estalactitas y estalagmitas de prodigiosas formas y una columna de veinte metros de altura. Allí tuvo lugar un concierto excepcional, sin más público que los pocos integrantes de la expedición, en un mundo subterráneo iluminado por velas y antorchas. La acústica era perfecta y las notas del Adagio del Quartet en la menor de Shumann sonaron con una nitidez sobrenatural.

Se extinguieron las bengalas y encendiéronse, en sustitución, unas pocas bujías, cuya luz directa procuramos ocultar a nuestros ojos. En el centro del salón se colocaron los atriles, y junto a ellos Arbós, Rubio, Gálvez y Agudo, quienes afinaron los instrumentos, mientras los que formábamos el reducido auditorio de tan extraño concierto nos dividimos en grupos y elegimos, según nuestra libérrima opinión, el punto desde el cual creíamos oír mejor y gozar más intensamente. Albéniz, Uetam y otros subieron al Monte de las Cabras o Purgatorio; Estelrich, Oliver y yo salimos al inmenso salón contiguo; los guías permanecieron al lado de los músicos.

Un momento después, a las seis en punto de la tarde, un misterioso y grave sonido trazó una curva aérea, apenas sostenida por otras débiles voces, que, elevándose en demanda de un tema, resolvió en soberbia melodía.

¡Admirable! ¡No hay teatro en el mundo, no existe sala de conciertos ni tabla armónica de condiciones artísticas más perfectas y portentosas!

Los breves compases de introducción a la obra del gran romántico se destacaron claros, limpios, sonoros, en el fondo del silencio absoluto, del silencio eterno del vacío, de la nada, del caos. Jamás pieza alguna ha sido tan magistralmente interpretada, y, sin embargo, no sonó un aplauso. Todos permanecimos estáticos sin proferir palabra.

A Antoni Noguera le costó mucho salir del trance.

Al levantar los ojos y esparcir la vista por las inmensas concavidades, aparecieron en el fondo de los abismos, en los lejanos extremos de las salas, en lo más alto de las inaccesibles bóvedas, imágenes y formas, ángeles y espectros, fantasmas, héroes y engendros satánicos, siluetas domésticas y divinidades mitológicas, que fueron poblando el vasto recinto. ¡Todos vimos lo mismo: que las formas se movían y cambiaban de sitio, elevándose hasta el negro techo, arrastrándose por el suelo, apareciendo y despareciendo sucesivamente, para volver a aparecer de nuevo y continuar la solemne danza.

Podría pensarse que se había tomado algo fuerte, como ácido lisérgico, pero no, la escenografía era brutal y la iluminación fantasmagórica, los intérpretes magistrales y la obra muy bien escogida.

Cuando las notas de Shumann todavía correteaban por los abismos abisales, saltando de sala en sala, hasta el más recóndito de los rincones, Uetam cantó la “Invocación” de la ópera Roberto il Diávolo, de Giacomo Meyerbeer. Para Oliver, aquello fue “un instante de arte supremo”. “Uno de los guías juró que jamás reyes ni príncipes habían gozado lo que él aquella tarde”.

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