2 Los hijos de Albéniz_ Enriqueta, Laura y Alfonso, 1891
Los hijos de Rosina Jordana e Isaac Albéniz: Enriqueta, Laura y Alfonso

La presentación de Suite Albéniz en Palma de Mallorca fue muy especial. Lo sabía desde el principio, porque la sombra de mi padre es alargada. Él está detrás de este libro, y nació y creció en Palma. Si sus padres no hubiesen muerto tan jóvenes, cuando él empezaba sus estudios universitarios en Barcelona, no creo que se hubiese quedado a vivir en la península y esta historia no sería esta historia. Fue la casa de sus padres en el Terreno la que intentó recrear en el museo de Camprodón. Más de ciento ochenta personas poblaron el aforo del Colegio de Abogados, en el número 10 de las Ramblas, convocadas por mi prima Queta, auxiliada por su amigo Diego y por un selecto grupo de músicos que aman a Albéniz (y a ella). Entre el gentío había un pequeño grupo familiar, casi desconocido para mí, pero entrañable, que me miraba y veían a mi padre revivido, porque ya se sabe que con los años nos convertimos en ellos. En fin, sólo en parte, afortunadamente.

Me he traído de la isla la historia de un piano Steinway, fabricado en América, que cruzó un océano y se adentró en un mar antiguo para que lo estrenara Isaac Albéniz en el Círculo Mallorquín, el 18 de septiembre de 1887, como si se tratara de un matrimonio concertado. O una cita a ciegas. De la isla de Manhattan a la de Mallorca. Este piano existe y está actualmente en la sala de música del Hotel La Residencia, en Deià. La narración es de Patrick Meadows, que fue director del Festival Internacional de Música de Deià, pero la voz la pone Nicole d’Amonville, hija de pianista, que oía a su madre tocar la Suite Española de niña, hasta que llegó Bach y arrasó con todo. Aquí me gustaría hacer un inciso, porque me gustan los matices -tanto que, a veces, pierdo de vista el relato principal- y porque este libro habla fundamentalmente de cultura. Nicole d’Amonville Alegría es poeta y traductora literaria. Su capacidad para poner en valor el noble arte de la traducción -y el prologuismo- es muy notable. Publicó las Cartas, de Emily Dickinson, y El País lo consideró uno de los diez mejores libros del año 2009, un hecho insólito, tratándose de un libro sobre poesía, porque la vida de un poeta es poesía. Y otro apunte, dentro del inciso: me he pasado un año, desde que presenté Suite Albéniz por primera vez, diciendo que no es una biografía. Bien, recién llegado de Palma de Mallorca creo que sí lo es. Poco convencional, pero lo es. No sé si las cartas de Dickinson pueden considerarse también una biografía; creo que sí, porque de lo que se trata, en el fondo, es de conocerlos.

Y, junto a Nicole, Alicia Granados nos refirió la historia del estreno de Goyescas en Nueva York y su trágico final. Unos días antes, me envió un vídeo filmado por Arantxa Aguirre -directora de El amor y la muerte. Historia de Enrique Granados, una película producida por Rosa Torres-Pardo- en el que sale su padre hablando de su abuelo.

“Yo ahora estoy aquí sentado, sin ningún mérito. El mérito que tengo es ser nieto de quien soy, pero yo podría haber nacido batusi, con todos mis respetos; quiero decir que el mérito que tengo es que he nacido en esta familia. Y me siento orgullosísimo de ello, pero yo no tengo ningún mérito”. Me reconforta oírlo. Yo ni siquiera sé si estoy orgulloso de ser biznieto de Isaac Albéniz, quizás porque me pilla un poco más lejos. Para mí es un accidente genético, que ha tenido, eso sí, algunas consecuencias. He escrito un libro, por ejemplo. En mi caso siento algo parecido a la responsabilidad, más hacia mi padre que hacia su abuelo, combinado con un importante sentimiento gremial, porque profeso otra disciplina artística, distinta y complementaria. Pero hablábamos del nieto de Granados, un hombre de pocas palabras: “A mí me tira más lo sensible que lo rápido”, dice, refiriéndose a su preferencia por la obra pianística, mientras explica anécdotas que le narró su tía Natalia, antes de que pudiera leerlo en libros de historia, casi siempre escritos por extranjeros, porque la obra de Granados, como la de su amigo Albéniz, es más conocida fuera de España que dentro: “Eso es bastante normal, por desgracia”, dice.

Cuentan la tía Natalia y Walter Aaron Clark que Enrique tuvo un mal presentimiento, antes de viajar a Nueva York, una vez desprogramado el estreno de su ópera en París, debido al estallido de la I Guerra Mundial. Una lástima, porque París era Nueva York, en aquella época. No le gustaba el mar, no sabia nadar, pero triunfó en el Metropolitan Opera House y el presidente Wilson le invitó a dar un concierto en la Casa Blanca. Aceptó, claro, y Amparo, su mujer, cambió sus pasajes, con tan mala fortuna que en el viaje de regreso un submarino alemán torpedeó su barco, el de los billetes cambiados.

Albéniz y Granados, Saco y Granadito, como se llamaban cariñosamente, murieron poco antes de cumplir cuarenta y nueve años y hace unos años celebraron, cada uno por su lado, con siete años de diferencia, un doble aniversario: el centenario de su muerte y. al año siguiente, el 150 aniversario de su nacimiento. Por si esas coincidencias fueran pocas, se podría afirmar que en ambos casos la celebración de esas efemérides fueron un fracaso colectivo y un éxito individual. “Espero y deseo que este doble aniversario sirva para que esta música se divulgue más”, dijo entonces el nieto, delante de la cámara de Arantxa; pero no, los músicos y un pequeño núcleo del mundo de la cultura renovaron sus votos de admiración, respeto y cariño por el compositor barcelonés, mientras que el gran público y las instituciones siguieron aclamando a Puccini, dicho sea eso con todos los respetos.

En lo que no se parecieron es en el tipo de vida que llevaron. Albéniz, gracias al mecenazgo de Money-Coutts, vivió bien, más que bien, en Londres y posteriormente en París, donde se afincó definitivamente, porque en España no se podía vivir de la música. Granados, en cambio, luchó toda su vida contra todo tipo de dificultades económicas y cuando murió, a pesar del éxito de Goyescas en tierras americanas y de la admiración del hombre más poderoso del planeta, era pobre, hasta el punto de que -como narraba con sentimiento la tía Natalia- se hizo una suscripción mundial para ayudar a la familia.

Me recordó a Vermeer, otro artista prodigioso que dejó al morir deudas y once hijos.

De nuevo en el auditorio del Colegio de Abogados, Alicia nos explicó a todos, rodeada de un silencio expectante, que en la última carta de Amparo a sus hijos, escrita en Washington minutos antes de que su marido diera su último recital, les cuenta que ella no asistirá, porque no ha querido comprarse un vestido y unos zapatos adecuados al momento y al lugar, “porque hemos venido a ganar dinero, no a gastarlo”. El arte no nos hará ricos, podría haber añadido, pero nos hace mejores personas.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s