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Esta mañana Santi y yo hemos llevado la obra desde mi estudio a Km7, donde nos esperaba José Luis. La hemos distribuido sin orden ni concierto, simplemente la hemos apoyado en la pared, hemos hablado con Santi del documental que estrenan mañana en la sede de la SGAE de Barcelona sobre su padre, Jacques Leonard, y nos hemos ido a comer, cada uno a su casa. Por la tarde he vuelto y hemos empezado el montaje. No es fácil montar una retrospectiva. Ha llovido, a ratos con fuerza, en las pausas salía el sol y quemaba, estamos en julio, pero la tierra está entusiasmada con ese frescor que oscurece un poco el amarillo dominante del campo, después de tres semanas de canícula abrasadora. Y a mí me cuesta encontrarme. Hemos seleccionado para la exposición una veintena de obras de las décadas de los ochenta y los noventa y no sé si serán capaces de convivir en armonía. Siempre me he considerado un artista un poco disperso, porque pico aquí y allí y no me detengo mucho rato en ningún lado, aunque nadie lo diría, porque soy obsesivamente fiel a cuatro series. Es un decir, son más: Mujeres, Héroes Anónimos, Meninas, Dameros, Sillas, Perros (el mastín de Las meninas de Velázquez), Rojo Rothkos, Llull… Son unas cuantas, después de todo. Pero no sé qué pensar; espero que haya algo que las una, porque están ahí, todas, revueltas. Espero que haya un relato, porque en mis exposiciones intento siempre explicar una historia. Y aquí hay varias. Yo no era la misma persona en 1985, recién llegado al Ampurdán, solo, con un síndrome de Peter Pan que se me pasó de golpe cuando nació mi hijo mayor en 1989, que en 1999, con dos hijos y una sociedad que había acabado por hacer mía, después de un largo viaje por la marginalidad. Pero me estoy yendo por las ramas. Me reconozco en esas mujeres potentes, con liguero, a veces con body, dibujadas con trazos enérgicos, más expresivos todavía que sus curvas, y en los personajes que asoman tímidamente la cabeza y tratan de explicar algo que ya he olvidado. Y en las composiciones con sillas, cuando explicaba a quien quisiera escucharme que no pinto sillas, que sólo pinto una, que no hay varias, que siempre es la misma, combinada mil veces de mil maneras diferentes, que lo que me importa es lo que pasa por ahí en medio, lo de menos son las sillas. Y los héroes, redondos, perplejos, viendo pasar la vida y escribiendo un epitafio: «No he entendido nada»; uno de ellos, más seguro de sí mismo, ha adoptado la pose y la profundidad del Inocencio X de Velázquez y Bacon, sobre todo de Bacon. Hay un montón de pistas, pero sigo sin saber dónde estoy.

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