calder guggenheim NY II

En la primavera de 1993 expuse en una galería privada de Nueva York. Barbara Pensoy, interiorista, originaria de Estambul, de ascendencia alemana, y su pareja, Michael Lang, productor musical y principal organizador del legendario festival de Woodstock de 1969, seleccionaron la obra en Barcelona y la colgaron en su loft del 121 de Greene Street, en el corazón del SoHo. Días felices y excitantes. Una vez más, parecía que cualquier cosa era posible. Me asalta ese sentimiento periódicamente, por diferentes motivos: una exposición, una escultura pública, un libro, una entrevista, una llamada de un coleccionista que impresiona por su cosmopolitismo y por la calidad de su colección, o una opinión sincera, elogiosa y argumentada de alguien cuyo criterio respeto. Luego, indefectiblemente, aterrizo en la realidad y no siempre es un aterrizaje plácido, porque lo mio no acaba nunca de cuajar.

Teresa y yo aprovechamos la estancia en la Gran Manzana para pasear por Central Park, admirar un Basquiat que había en el lobby del Whitney Museum -no siempre me parece admirable, la obra de Basquiat- y visitar una exposición muy interesante en el Guggenheim: Picasso and the age of iron, un diálogo entre el artista malagueño y sus colegas Julio González, Alexander Calder, David Smith y Alberto Giacometti. Bajando por la espiral nos tropezamos con un gran móvil de Calder, suspendido en el vacío de aquel singular patio de escalera diseñado por Frank Lloyd Wright. Lo miramos, arrobados. Siempre nos ha gustado Calder. Su sonrisa traviesa, el pequeño móvil de sobremesa que tenía David Miró en su casa de Palma y el Circo; pero, sobre todo, una obra que está siempre en movimiento.

Y Teresa sopló. Y la obra osciló, agradecida, hasta que acudió horrorizado el vigilante de sala y reprendió severamente a la causante de aquel sacrilegio. Ante la protesta razonada de Teresa -“Calder estaría de mi lado…”-, el vigilante nos explicó las instrucciones que le habían dado y amenazó con llamar a Seguridad. Yo entendí Seguridad Nacional, porque allí todo lo hacen a lo grande -“Is the law”, puedes leer en cada esquina, advirtiéndote de algún precepto viario-.

Teresa sopló y se agitaron las conciencias, incluida la del vigilante uniformado, y la obra de Calder dejó de ser un objeto inerte y, por lo tanto, inofensivo, y se dispararon las alarmas. Después, cuando se apagó por fin el eco de la reprimenda y el móvil recuperó lentamente su quietud forzada y antinatural, seguimos caminando y nos detuvimos ante un caminante circunspecto de Giacometti, que siguió su camino, imperturbable, mientras se oía en la lejanía el grito desgarrador de Janis Joplin en Woodstock.

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