black tree
Black Tree, 2017

Mi vida es un fracaso. O quizás no. Pudiendo tenerlo todo, me he conformado con cualquier cosa. Rechacé una empresa familiar que me estaba destinada a cambio de un sueño, y cuando toqué ese sueño con la punta de los dedos retiré la mano, como si quemara. Abril de 1996. Hotel Majestic, Barcelona. Gala patrocinada por la Associació d’amics del Passeig de Gràcia para homenajear a los mejores comercios del año inaugurados el año anterior en esta privilegiada avenida. Me toca una mesa con varios constructores y sus respectivas esposas. Yo voy solo, como el arquitecto que se sienta a mi derecha. No soy nadie. Ellos son muy ricos, a juzgar por sus relojes y por las ostentosas joyas de las mujeres. La organización del evento me ha encargado la imagen de los premios de este año, plasmada en una obra gráfica que con cuatro trazos pretende captar el alma de La Pedrera, el edificio más emblemático del paseo. Me siento como un pulpo en un garaje. A mis compañeros de mesa les gustaría saber si soy famoso, pero no se atreven a preguntar. Por si acaso, las mujeres me sonríen y ellos fingen pensar en alguna cosa que les preocupa. Les gustaría que yo fuese el pintor de los cien mil euros por cuadro, porque ese es un lenguaje que entienden. Oigo hablar en la tribuna a hombres que han levantado imperios empresariales y me sorprende, una vez más, la zafiedad de sus discursos. Constato, una vez más, que para ser rico no hace falta ser inteligente. La inteligencia está asociada a la sensibilidad y es un obstáculo para alcanzar el éxito.

“Mi vida es un fracaso” es la frase más importante. Ya sé que da escalofríos, pero llevo años conviviendo con esta palabra: fracaso, y le he cogido cariño. Creo que el fracaso tiene una calidad superior al éxito, por esta razón detesto cordialmente a los triunfadores y amo a los perdedores. Todos somos perdedores, no hay nada malo en ello. Algo debimos hacer no sé cuándo, no sé dónde, para aterrizar en este valle de lágrimas, donde unos animales se tienen que comer a otros para sobrevivir, en un estremecedor ejercicio de canibalismo biológico. Entre plato y plato me viene a la cabeza la imagen de una novela que leí hace muchos años: al final del relato, dos personajes secundarios, grises, anodinos, ella feúcha y sin gracia, él desgarbado y asustadizo -un punto servil, no sé en qué contexto-, empiezan una relación sentimental enternecedora y acaban retozando alegremente en la bañera, mientras los protagonistas, guapos y sofisticados, entran en conflicto entre ellos por motivos mezquinos. Me gustaría recordar qué libro era.

Llevo años pensando en el fracaso. En realidad, se trata de subvertir los términos. Asumir el fracaso existencial es un desafío, después de un ataque de lucidez que ha devenido en epifanía, mientras que el éxito mundano puede enmascarar un fracaso personal y profesional, como sucede en El retrato de Dorian Gray. El discreto reconocimiento que Vermeer recibió en vida es un buen ejemplo de exitoso fracaso; mientras otros se llevaban los grandes encargos, el maestro de Delft pintaba escenas domésticas -la lechera-, íntimas -mujer leyendo una carta- o científicas -el astrónomo-, y al morir dejó deudas a su mujer y sus once hijos. Sin embargo, es el mejor pintor de su generación. Ergo: triunfó, no sé en qué liga. Me gustaría poder explicar con palabras sencillas que la fama, el poder y la gloria son efímeros, aunque placenteros, mientras que la intemporalidad y el anhelo de trascendencia son filosóficamente más sólidos, pero están fuera del mercado, o sea, de la vida cotidiana. Si consigo hilvanar ese discurso transmitiré valores morales que me parecen importantes. Básicamente, que en algún momento de la vida tienes que escoger entre la notoriedad y la verdad, que socialmente está poco valorada. Y somos sociales por naturaleza. Eso explicaría, entre otras cosas, mi querencia por la marginalidad.

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