Alegoría de la República Española 2001 - copia
Alegoría de la República Española (detalle), 2001

2 de noviembre de 2017. Todavía impactado por las sórdidas imágenes de una caravana de furgones policiales saliendo de los juzgados de Madrid, amparados por la oscuridad, pero envueltos en una parafernalia de luces azules giratorias y warnings naranjas conectados, llevando en su interior a un grupo de personas de probado pacifismo pero con ideas supuestamente revolucionarias -en todo caso son transgresoras, con la lógica de la historia de su parte-, me siento en un taburete del primer bar abierto que encuentro. En Barcelona, pasada la medianoche, es muy difícil que te den de cenar, pero el camarero me ofrece un bocadillo frío y me pone una caña que me sabe a gloria. Fuera, en la calle, vuelve el blanco y negro de los años sesenta. He visto esas imágenes en la televisión de un hospital, donde estaban atendiendo a un amigo, y tengo por delante ciento cincuenta kilómetros hasta llegar a casa. En la mesa de al lado hay cinco personas de mediana edad. Aparentan unos sesenta años, bien llevados. Parecen dos parejas y un single. Hay restos de cena y parece que van por la tercera botella de vino. El single pide un whisky con agua y hielo.

– … nada de lo que ha hecho el gobierno del PP sería posible sin el PSOE – Sentencia –, porque ni el PSOE es socialista ni el PP conservador. Uno es de derechas y el otro de extrema derecha. Siento lástima por la gente que les vota guiándose por su enunciado – Bebe un largo trago, que debe de estar fuerte, porque el hielo no ha tenido tiempo de empezar a derretirse –. Hay fractura social en Cataluña, ¡naturalmente que sí!, pero los responsables son los gobiernos que han destruido el tejido social con su política ultraliberal, favoreciendo a sus amigos y a sí mismos con privatizaciones, rescates bancarios, amnistías fiscales, financiaciones irregulares que han contribuido a ganar elecciones, ordenadores destruidos a martillazos (¡por el amor de Dios!), tarjetas de crédito de libre disposición, AVES sin pasajeros, aeropuertos sin aviones, piscinas sin agua, pabellones culturales y deportivos sin función cultural ni recreativa… Tratan de distraernos como hizo Argentina con la guerra de las Malvinas, para que no pensemos en estas cosas. España tiene más del doble de políticos que Alemania, con la mitad de población, y es el único país de Europa que tiene miles de aforados eludiendo la justicia. Ya lo dijo el 15M: “¡Esto no es una crisis, es una estafa!”. También es el único país de Europa en el que tienes que pagar para trabajar, si eres autónomo, no en función de lo que ganas, sino por medio de una cuota fija. Increíble pero cierto. Este capitalismo salvaje se guía por un precepto muy sencillo: “Robar a los pobres para dárselo a los ricos”. Mientras, a los políticos y al Jefe del Estado se les llena la boca afirmando que España es una democracia consolidada. Hay fractura social en España, ¡claro que sí!, en diez o quince años la diferencia entre ricos y pobres se ha hecho mucho más profunda; cada vez hay menos ricos, pero son más ricos, y cada vez hay más pobres y buena parte de ellos roza la indigencia.

Sus amigos apenas intervienen, pero le escuchan con atención. Parece tener alguna ascendencia sobre ellos. Lleva una camisa azul pálido con una pequeña marca bordada en el bolsillo y en el respaldo de la silla descansa una americana negra, de tela un poco basta. Es delgado, afilado, con el pelo gris muy corto y gafas de montura de titanio. Tiene un tono de voz agradable. Sabe hablar. ¿Será profesor? ¿Escritor? ¿Periodista? Me inclino por esta última hipótesis, no sé por qué. Me imagino que está de paso por Barcelona y sus amigos le han invitado a cenar. En alguna ciudad europea le espera un hombre o una mujer que se sabe de memoria este discurso. Yo no me pierdo palabra, mientras trato valerosamente de comerme un bocadillo que parece hecho de goma.

– ¡Los números son muy testarudos! En 2005 el independentismo en Cataluña no llegaba al 15% y hoy roza, si no lo traspasa, el 50%, después de encarcelar al gobierno de la Generalitat por rebelión, sedición y malversación, dándoles apenas veinticuatro horas para comparecer ante una juez de controvertida trayectoria profesional, para decirlo con delicadeza. ¿Qué ha pasado, desde aquellas cuestaciones callejeras de Rajoy, Aguirre y sus acólitos pidiendo firmas contra el Estatut, en 2006, como quién pide unas monedas para la Cruz Roja a cambio de lucir una banderita en la solapa? Ha pasado el PP. El PP ha ocurrido y su efecto ha sido devastador. Después de aquella pantomima callejera los catalanes se lanzaron a la calle, heridos en su orgullo. Yo vine un año desde Madrid expresamente para participar en la Vía Catalana y no soy independentista. Amo España. No la de ellos, la de todos. Lo hice por dignidad. ¿Y cual fue la respuesta del gobierno ante aquella espectacular demostración de civismo y de reivindicación histórica? Arrogancia, intransigencia, intolerancia y desdén. Sin fisuras, sin diálogo ni propuestas alternativas. “¡A por ellos!”. La catalanofobia siempre ha dado buenos réditos políticos en España, desde Carlos III al General Franco, pasando por Isabel II. Todos ellos prohibieron el catalán, sin darse cuenta de que tratar de borrar de la faz de la tierra una lengua es cometer un genocidio cultural. ¿O quizás sí, lo sabían?

Hace una pausa para beber. Me mira, estamos a menos de tres metros de distancia, levanto la jarra de cerveza y brindo por él. Hace lo propio con su vaso alargado, tintineante, y sonríe.

– Y yo soy de los que cada año empuja el coche del madrileño Carlos Sainz para que gane su segundo Dakar, y estoy deseando que el McLaren del asturiano Fernando Alonso tenga por fin un buen motor para que pueda demostrar de nuevo su talento, y he pedaleado con el navarro Miguel Indurain en pleno verano, bajo un sol de justicia, para ayudarle a llegar el primero a la cima. Y le pego duro a la bola ante Roger Federer, cuando juega el mallorquín Rafa Nadal.

Consigo terminar el bocadillo a duras penas y apuro la cerveza. Debería irme, estoy a casi una hora y media de casa, pero no quiero perderme el final, si es que lo hay. Echo de menos el tabaco en los bares y restaurantes, aquellos tiempos en los que todos fumábamos y en las improvisadas tertulias nocturnas hablábamos de arte, amor, filosofía, sociología, música y política, y los ceniceros rebosaban.

«Entonces recorría los cafés taciturnos de los barrios viejos en busca de alguien que me hiciera la caridad de conversar conmigo sobre los poemas que acababa de leer. A veces lo encontraba –siempre un hombre- y nos quedábamos hasta pasada la medianoche en algún cuchitril de mala muerte, rematando las colillas de los cigarrillos que nosotros mismos nos habíamos fumado y hablando de poesía mientras en el resto del mundo la humanidad entera hacía el amor.» (Gabriel García Márquez, Vivir para contarla)

El humo y el alcohol combinados nos ofrecían un escenario acogedor y proclive a las confidencias, y parecía que las conversaciones y las discusiones eran más intensas.

– ¿Volverán a iluminarnos los madrileños como lo hicieron en la Puerta del Sol, en mayo de 2011?

No, no lo harán, pienso, porque han perdido la batalla. Siempre ganan los mismos. Solucionar el problema catalán es ridículamente fácil: basta aplicar la lógica de la historia, la misma que rige en Alemania, Suiza y el Reino Unido, y sentarse para hablar de cómo gestionar la diferencia. Pero no lo harán, porque si hay paz social muchos políticos y empresarios acabarán ante los tribunales por corrupción y malversación. Nos hemos equivocado de criminales.

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