Estudio sobre el poder temporal II 1995

Esta pintura de 1995 es una de las dos versiones que hice sobre el Inocencio X de Velázquez y sobre los estudios que pintó Francis Bacon en el siglo XX inspirados en esta obra maestra. Velázquez no se ganaba la vida solo con la pintura, fue un hábil cortesano -además de pintor de cámara fue ujier de cámara, ayuda de cámara y superintendente de obras- y cuando viajó a Italia y pintó su inocencio lo hizo comisionado para comprar pinturas y esculturas para la colección de la Casa del Rey y, de paso, pintó al papa. Simplifico mucho, lo sé, pero lo que trato de explicar es por qué los pintores, músicos, escritores y poetas, sobre todo los poetas, recurren a otros empleos para ganarse la vida. Hay mucha ignorancia en torno a estos nobles oficios; que, en el mejor de los casos, son recompensados con prestigio, rara vez con dinero, lo que convierte el reto diario de la supervivencia en una heroicidad. Rubens, buen amigo de Velázquez, era también diplomático, como Lawrence Durrell, funcionario del Foreign Office destacado en Alejandría, donde escribió su célebre Cuarteto, y Alicia de Larrocha impartió toda su vida clases magistrales, como hacen la mayoría de escritores y artistas plásticos que conozco. No sé si son magistrales, pero dan clases. Vermeer dejó deudas al morir y Mozart y Rembrandt, a pesar de disfrutar de reconocimiento y bienestar en algunos momentos de sus vidas, fueron enterrados en fosas comunes porque no pudieron pagarse sus entierros, mientras que Joan Brossa en su plenitud creativa tuvo que recurrir a una pensión de la ciudad de Barcelona porque no llegaba a fin de mes. Pero somos autónomos, pagamos una cantidad fija para poder trabajar, vendamos o no, no tenemos sueldo fijo -aparte de las clases- y las instalaciones donde trabajamos las pagamos nosotros: alquiler, agua, electricidad, teléfono y calefacción, si nos la podemos permitir, por no hablar del material, que suele ser caro, porque lo que hacemos se considera un lujo. Ninguna sociedad mercantil o institución pública cubre los gastos derivados de nuestra actuación profesional. En una sociedad de asalariados y empresarios que se marcan como objetivo prioritario la rentabilidad económica, somos raros. Muy raros. Y si queremos seguir creciendo, porque nos apasiona lo que hacemos, tenemos que mantener abierto un departamento de I+D, donde va a parar la mayor parte de lo que ganamos y de donde raramente salen beneficios directos. Quiero decir que muchas de las obras allí fraguadas no llegan al mercado, o este no las valora, porque no son propiamente mercancía. Sin embargo, sin ellas no avanzaríamos. Quizás por todo ello la característica más notable de los artistas sea la inconsciencia. Se lo digo siempre a los aspirantes que pasan por mi estudio: “No importa lo que yo te diga, si tienes que ser artista lo serás, pero no esperes ganarte la vida con ello”.

Enrique Granados es un caso paradigmático. Fue un gran pianista y un extraordinario compositor. La creación de Goyescas le llevó mucho tiempo y esfuerzo, naturalmente no remunerado -se fraguó en su departamento de I+D-, e intentó estrenarla en España, donde residía; pero, como suele pasar en este país, los programadores de los grandes templos de la música estaban demasiado ocupados promocionando autores extranjeros, en detrimento de los nacionales. Por suerte, la calidad de la obra llamó la atención de los franceses, que tienen más criterio que los españoles -al menos sus gestores culturales-, y le propusieron estrenarla nada menos que en la Ópera de París, el centro del mundo musical en aquella época. Por desgracia, poco antes de la fecha señalada estalló la Primera Guerra Mundial y el estreno se tuvo que aplazar sine die. Sin embargo, el Metropolitan Opera House de Nueva York recogió el testigo y la obra se estrenó finalmente en Manhattan el 28 de enero de 1916. Tuvo un enorme éxito, hasta el punto de que el presidente Wilson invitó al compositor catalán a tocar en la Casa Blanca. El matrimonio Granados cambió sus billetes de vuelta y viajaron a Washington, donde se celebró el concierto con la ausencia de Amparo, que no tenía dinero para comprarse un vestido adecuado para la velada. En el viaje de regreso el Sussex, el barco en el que viajaban, fue torpedeado por un submarino alemán, que lo confundió aparentemente con un buque de guerra, y la pareja pereció ahogada en las frías aguas del Canal de la Mancha. La fortuna les jugó una mala pasada y la suerte cambió de bando unas cuantas veces en pocas semanas, con un balance trágico. A pesar de la calidad de su obra, no solo de Goyescas, del interés de la Ópera de París, del triunfo en el Metropolitan Opera House de Nueva York y del hecho que el hombre más poderoso del mundo le invitara a tocar en su residencia de Washington, la situación en la que quedaron sus seis hijos fue tan precaria que se organizó una suscripción mundial para ayudar a la familia. Pau Casals fue uno de sus principales organizadores.

Hay un abismo entre la cotización de un artista participante en Basel Art Fair 2018 y uno de una galería alternativa de Berlín del mismo año, a favor del primero, pero dentro de cien años es posible que sea en sentido contrario. Piero della Francesca ha estado cuatrocientos años sumido en el olvido -lo rescataron los impresionistas, como hicieron con El Greco-, el propio Velázquez no asomó la cabeza en los inventarios del Museo del Prado hasta principios del siglo XX y Modigliani murió en la indigencia. Miguel de Cervantes tampoco conoció el éxito, por más que lo persiguió, y vivió toda su vida a la sombra de Lope de Vega. Pocas veces, a lo largo de la historia, los genios comprendidos han superado el juicio de la posteridad, mientras que a sus verdaderos protagonistas les ha costado salir del anonimato. Hay algunas excepciones, pero no son la norma. En la mayoría de los casos no es porque sean malos, es porque no son lo suficientemente buenos.

Hace unos días un coleccionista, buen amigo mío, se quejaba de que su colección no valía nada: “¡No me dan nada!”, exclamó desolado, porque tenía que afrontar un apremiante problema de liquidez. En términos puramente económicos era más o menos cierto, dejando de lado lo que le aporta su contemplación y disfrute, que no tiene precio, pero el que herede este fondo de arte hará bien en conservarlo, porque su propietario tiene un gusto depurado y el tiempo pone algunas cosas en su sitio. Sólo con que haya acertado en un diez por ciento lo amortizará con creces. Son incontables los van goghs y gauguins que se tiraron a la basura porque no valían nada (si sus ignorantes propietarios hicieron bien o mal dependerá de la perspectiva con la que se les juzgue). Pero de lo que se trata no es de amortizar una inversión, si no de aprender las lecciones de la historia y vivir el mundo de la creación artística como una caja de sorpresas. Nunca hay que dar nada por sentado ni creer a los expertos del momento -aunque alguno, como Robert Hugues, merezca ser leído-, porque nunca sabes dónde está la excelencia. Para encontrarla disponemos de un mecanismo infalible: el criterio. Pero, ¿cómo se aprende a tener criterio? ¿A distinguir lo malo de lo bueno? ¿Cómo se valora la calidad? Esa es la gran pregunta. En mi opinión, el criterio se forja leyendo, mirando y escuchando mucho, y no dejándose aconsejar demasiado.

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