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Técnicamente tuve una infancia feliz. No me faltó de nada. Mi familia era burguesa, de clase media-alta, que es como se denominaba a la burguesía que tenía patrimonio, vivienda en propiedad, segunda residencia y cinco hijos que iban a buenos colegios. Y coche. Hubo una época en la que no todo el mundo tenía coche. El primero que conocí fue un Seat 1400 negro (todos eran negros), de líneas redondeadas y aspecto imponente. Para un niño de seis años aquello era enorme, hoy me parecería pequeño. Antes de este mi padre había tenido un Studebaker, que es un nombre magnífico, pero yo no lo recuerdo.

Me gustaría matizar un poco esta estampa idílica de familia feliz en los años cincuenta. El nacional-catolicismo franquista teñía todo lo que tocaba. O sea, absolutamente todo. La religión era omnipresente, se veía con buenos ojos rezar el rosario -una interminable letanía de sentido indescifrable- en la intimidad del hogar y existía una cosa que se llamaba ejercicios espirituales, en la que se hablaba mucho del demonio; y otra, más extraña todavía, era el mes de María, en el que se glorificaba a un ser irreal -una madre virgen- y se la colmaba de flores. Pero lo más extraño de todo era la Semana Santa. Estaba prohibido cantar -en serio, no se podía-, tampoco estaba permitido circular en coche y la gente caminaba por el centro de la calzada -eso me gustaba, tenía algo de transgresor- camino de las iglesias, que lucían un decorado estremecedor. Me veo a mí mismo con ocho o nueve años acompañando a mi abuela, que era católica de Barbastro, que es una categoría especial, camino de la Iglesia de la Concepción, nuestra parroquia. Allí visitábamos un “monumento”. Creo que se llamaban así. Eran unas escenografías estremecedoras situadas normalmente en capillas laterales, si la iglesia era medianamente grande, y la Concepción lo era, con las imágenes cubiertas con telas moradas o negras y muchas velas encendidas. Ahí se concentraba la atención general, el resto del templo permanecía sumergido en las tinieblas. Encendíamos la correspondiente vela, rezábamos lo que fuera que se rezase y nos íbamos a visitar otro monumento, en otra iglesia, donde repetíamos el mismo ritual. Creo que lo hacíamos siete veces.

Los fines de semana los pasábamos en Barcelona, aún no habíamos descubierto el week-end, o mi familia no tenía todavía la segunda residencia en propiedad -la alquilábamos cada verano- , y los domingos por la tarde iba con algunos de mis primos al cine de la parroquia. Nos acompañaba una mujer que se llamaba Josefina. Allí vi Mon oncle, de Jacques Tati, y fue una revelación. Un rayo de sol en un cielo encapotado.

Pero lo peor de todo era el colegio. Me maravilla encontrarme con antiguos condiscípulos y que me hablen de aquel período con nostalgia. Era un horror. Aparte de la prohibición de hablar y enseñar en catalán (la frase “el catalán está prohibido” tiene mucho recorrido) y de las clases de Formación del Espíritu Nacional, de corte fascista -tenía un profesor de esta materia llamado San José; la memoria es caprichosa y en ocasiones absurda-, el horario era inhumano. Salía de casa a las ocho y cuarto de la mañana, con un frío considerable y un pantalón de franela gris ridículamente corto, caminaba quince minutos hasta la parada de metro, donde solía encontrarme con algún compañero de fatigas, tan angustiado como yo por el examen de matemáticas de las diez, y llegábamos al colegio a las nueve, después de caminar otros quince minutos desde la estación más cercana al colegio. Comíamos allí y salíamos a las siete (las chicas, porque era un colegio mixto, tenían un edificio propio y salían a las seis, para no coincidir con nosotros). Diez horas de colegio. Entre una cosa y otra estaba doce horas fuera de casa, todos los días, incluidos los sábados por la mañana, en los que además había misa de nueve, que nadie se podía saltar. Mi colegio era laico y, por lo tanto, progresista, según la lógica de la época. Obviamente no lo era, estaba prohibido siquiera mencionarlo, pero era un poco mejor que los colegios de curas, donde la misa era diaria. La religión, durante el franquismo, era sencillamente obligatoria.

Un día apareció por allí un nuevo profesor de filosofía que respondía al nombre de señor Casanovas. Yo entonces tenía ya dieciséis años y era un veterano curtido en mil batallas. Entre otras, había estado un verano interno en el colegio de La Salle de la Seu d´Urgell, un centro educativo que tenía algo de reformatorio. Aquello fue realmente duro, con un frustrado intento de abusos sexuales incluido. El señor Casanovas era muy gordo y muy viejo; y debía de tener algún problema de salud importante porque caminaba muy despacio. Probablemente se trataba de un problema de corazón, pero eso lo sé ahora, entonces su parsimonia nos hacía mucha gracia. Invertía sus buenos diez minutos en recorrer los ochenta metros que había entre la cancela de entrada al recinto escolar y la puerta del colegio, atravesando los patios de recreo. Corrió la voz de que se había exiliado después de la Guerra Civil y que había sido catedrático de filosofía en Venezuela, hasta que se jubiló. Entonces consiguió el permiso de los vencedores para regresar a su país y pasar el resto de sus días en su ciudad natal. A cambio, claro está, de su silencio. Tenía algún vínculo emocional con el Instituto Técnico Eulalia, que es como se llamaba mi colegio, y echaba de menos la enseñanza, así que aceptó impartir clases de filosofía a los mayores. El primer día de clase nos habló del temario, un poco de pasada, nos informó que era kantiano y nos dijo que estábamos todos aprobados. Esa fue su primera gran lección: el aprobado dejaba de ser un objetivo. En aquel contexto aquello resultaba cuanto menos sorprendente. Estábamos en 1966, los discos de los Beatles circulaban de mano en mano y los de los Rollings se consideraban subversivos. Desde luego lo eran. Empezábamos a pensar por nuestra cuenta. Para el examen de segundo trimestre tuvimos que preparar la parte que nos correspondía, según la ley de enseñanza vigente. Llegamos al aula, dejamos los libros lejos de nuestro alcance, se repartieron las hojas de examen, cogimos cada uno nuestro Bic azul y esperamos, nerviosos, las preguntas. Todos nos sabíamos de memoria el imperativo categórico de Kant. Esa seguro que salía. Pero solo hubo una pregunta, con un enunciado sorprendente: Consideraciones sobre el Decálogo. Se refería, nos aclaró el profesor, a los Diez Mandamientos. El señor Casanovas quería que habláramos del decálogo. Hubo un desconcierto general y algunas risitas nerviosas, pero, poco a poco, nos pusimos a la tarea. Era un reto formidable. No recuerdo lo que escribí yo, pero sí la sensación de euforia que sentí al dejarme llevar por la imaginación y por los argumentos que se me iban ocurriendo, uno tras otro, y cómo era capaz de enlazarlos para construir un relato. ¡Cómo me gustaría ver aquel examen! Estoy seguro de que en aquellos dos o tres folios está el germen de lo que ha sido mi vida posteriormente. Esa fue la segunda lección magistral del señor Casanovas: al alumno se le puede enseñar a pensar y al fascismo se le puede vencer con sus propias armas, porque el Decálogo era materia religiosa y, por lo tanto, intocable (eso no se me ocurrió aquel día, ¡lástima!).

La evaluación de aquel examen fue la tercera lección de este gran hombre. Medio siglo más tarde todavía estoy tratando de asimilarla. Nos dio las notas en voz alta a toda la clase, uno por uno, acompañándolas con un breve comentario. Yo fui el primero, porque lo hizo por orden alfabético. “Alzamora, un 9, pero se lo bajo a 7 por ausente moral y perturbador en clase”. No lo olvidaré nunca. Me supo muy mal que me rebajase la nota, porque yo no sacaba nunca sobresalientes. Imaginaba a mi padre estupefacto viendo en el boletín de notas un 9 sobre 10 en filosofía. Lo de “ausente moral” lo entendía, yo era un niño imaginativo y proclive a la distracción, pero no era culpa mía, el horario y la disciplina me asfixiaban. Uno de los días más felices de mi vida fue el día que acabé el colegio. Lo de “perturbador en clase” no lo entiendo. No era un alborotador. Quizás hablaba demasiado con los compañeros que tenía más cerca, pero ¿perturbador?

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