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Conocí a Montserrat Roig a mediados de los años ochenta en Barcelona, en una cena de aniversario multitudinaria en un piso de la Avenida del General Mitre, al lado de la Clínica de la Sagrada Familia. Nada más lejos de generales y catolicismos porque todos los invitados habían militado en Bandera Roja menos yo, que había abrazado la causa del hippismo y algo parecido a la bohemia y era aceptado con reservas por aquel grupo tan compacto de ex-guerrilleros urbanos y disidentes ilustrados. Me soportaban con una sonrisa burlona en los labios porque les caía bien, pero estaba muy claro para todos que yo no era uno de ellos. Tengo la virtud de encajar en todos lados y en ninguno. Apenas nos vimos durante la cena. Creo que ella llegó muy tarde. Luego, en el coche, de camino hacia el Ensanche, yo iba sentado detrás con otros dos acompañantes, muy apretados, y ella delante, junto al conductor. Alguien dijo algo, cualquier cosa, yo tomé la palabra al vuelo y la convertí en una sonrisa que a ella le pareció, además, inteligente, se volvió, me miró, me vio por primera vez y me sonrió. No sé de lo que hablamos pero el resto del trayecto lo hicimos como si estuviésemos solos; no había nadie más en el coche ni en la ciudad dormida. No recuerdo cuánto duró aquel viaje, pero su efecto todavía perdura. Aquella sonrisa cargada de promesas se me quedó pegada en la piel. Quizás sólo me sedujo, porque Montserrat Roig era muy seductora. En cualquier caso, de todas las vidas que no he vivido esta es una de mis preferidas.

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