37 y 38 paisaje

El verano de 1981 lo pasé navegando entre Ibiza y Formentera. Un amigo mío tenía un velero de 31 pies y me propuso ir con él de tripulante para hacer charters, con base en el puerto de Ibiza Nueva. Habíamos navegado un poco juntos, nos conocíamos bastante bien y yo no tenía nada mejor que hacer. Mis cuadros apenas se vendían y el trabajo de camarero en el bar de una hípica que había cerca de mi casa era poco gratificante. La proposición era irrechazable, dadas las circunstancias. En aquella época era muy rico en tiempo.

Yo vivía en el barco, mientras él pernoctaba con su mujer y sus dos hijos, de corta edad, en una casa que alquilaron en Santa Eulalia. Cuando no teníamos clientes salíamos a navegar en familia. Recuerdo que cumplí treinta años fondeado en Tago Mago y lo celebramos invitando a cenar al vigilante del islote, un inglés, no mucho mayor que yo, que había participado en la Fastnet Race de 1979. Nos contó que pasó horas atado en la base de la rueda, con una linterna en cada mano, iluminando a todos lados para que el skipper pudiera ver por dónde venía la siguiente ola monstruosa. En aquella trágica edición, la peor de su larga historia, murieron diecinueve personas, se hundieron cinco barcos y otros veintitrés fueron abandonados. Mi amigo y yo acabábamos de narrarle con todo lujo de detalles nuestra reciente aventura entre Santa Eulalia, donde habíamos fondeado la semana anterior, y el puerto de Ibiza, en condiciones de viento fuerte y lluvia. Disfrutamos mucho aquel día y estábamos orgullosos de nuestra destreza. Desde luego era imposible competir con las hazañas de nuestro invitado, que nos dejó hablar, hasta que le sacamos las palabras, una por una, pero nunca olvidaré el momento en el que izamos el ancla y enfilamos a mar abierto, donde nos esperaba la tormenta. Fue duro dejar atrás, a menos de cien metros, el paseo de la villa costera, por donde paseaban grupos de jóvenes disfrutando de la madrugada estival. Nos llegaba el sonido de sus voces y risas, mientras nosotros mirábamos el horizonte con aprensión.

La vida en el puerto es diferente. El tiempo tiene otra calidad, las lecturas llegan más rápidamente al corazón y, si estás solo, como era mi caso, puedes compartir la soledad con el ruido de las jarcias o recurrir al alcohol, porque todo es más intenso cerca del mar. De alguna manera estás en el margen de la sociedad, al borde del terreno conocido. Así, al menos, es como me sentía yo. Cerca de donde estaba atracado mi barco había uno de madera muy bonito, con el casco pintado de color negro, de una eslora parecida, quizás algo más grande, de un italiano llamado Gianpaolo. ¿O era el nombre del barco? Debía tener unos setenta años y se había jubilado hacía cinco o seis. Capitán de la marina mercante, había navegado por todo el planeta y ahora lo hacía sólo por el Mediterráneo, que “sento più nostrum che mai”. La vuelta a casa, para él, era no pasar de Gibraltar. Solía decir que “la Madonna del Mare è molto misericordiosa”, porque se apiadaba de los ricos propietarios de barcos que no se merecían y que cometían las mayores imprudencias imaginables, con una tasa de accidentes ridícula. “A los cincuenta años -decía-, han tenido éxito en su profesión y les entra el pánico de no haber vivido la vida; si no conocen el mar se compran un Porsche, pero si han navegado alguna vez y les ha gustado se compran un barco impresionante, hacen el curso de patrón de yate y, cuando lo aprueban, se sienten preparados para emular al mismísimo Magallanes”. Sentados en cubierta, con una suave brisa que acariciaba nuestra piel bronceada y una cerveza en la mano, me explicaba algunas de sus singladuras y me daba buenos consejos. “No salgas nunca de puerto con un mal parte meteorológico; con uno bueno puedes tener problemas, ¡así que imagínate con uno malo!”. De todas maneras, el día que desapareció, sin despedirse, el tiempo era malo y las previsiones poco tranquilizadoras.

Una tarde me habló de una travesía especialmente complicada que había hecho por el Atlántico Norte y desplegó sobre la mesa de teca, impecablemente barnizada, un gran mapa que abarcaba todo el mundo. Su dedo pasaba de un lado a otro con prodigiosa agilidad. No había rincón donde no hubiera estado. Yo estaba maravillado. La carta náutica era muy elemental, dado todo lo que abarcaba, pero para un ignorante como yo era bastante detallada. Y muy bella. Ahí, en un espacio reticulado, estaban los alisios, la corriente del Golfo, las simas abisales marcadas con un azul más intenso, los paralelos y meridianos marcando la latitud y la longitud, y multitud de signos y números que representaban cosas que yo no comprendía, pero que sabía que eran importantes. Poco a poco me fui dando cuenta de que aquella vasta extensión azul, de distintas gradaciones, era su mundo. Quiero decir que miraba el mapa del mundo al revés de como lo veía yo; la tierra firme era desconocida, para él, no le interesaba, sólo el azul era operativo. Ahí donde yo veía números, líneas y flechas él distinguía autopistas y carreteras nacionales y comarcales, y donde yo sabía que estaba la Torre Eiffel o el Himalaya él no veía nada. Terra ignota. Ni la mencionaba, como si la temiera. Estábamos juntos, compartíamos pantalán, bebíamos la misma marca de cerveza, pero estábamos en dos mundos diametralmente opuestos. El suyo era azul, el mío de colores.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s