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En cierta ocasión definí al Papa Benedicto XVI como “un señor alemán disfrazado”. Mi interlocutor se ofendió muchísimo, pero juro que mi intención era descriptiva. Así es como lo veo yo. Lo mismo pasa con los reyes y los médicos. Sobre todo con los reyes; hacen verdaderos esfuerzos para parecer seres escogidos por algún tipo de divinidad. El resultado suele ser patético. Normal. Y los artistas. Me contó un conocido realizador de esculturas de gran formato, aquellas que ni los escultores más hábiles pueden realizar en sus estudios, que de vez en cuando un cliente le pedía hacer ver que trabajaba directamente la pieza, para hacer un reportaje fotográfico para publicar en prensa o en un catálogo. Entonces se disfrazaba con su propia ropa de trabajo, que se traía de casa, se subía al andamio, cogía un soplete, se calzaba una mascarilla y fingía soldar ante la cámara. El éxito de la cúpula de las Naciones Unidas en Ginebra le debe más a las fotos del artista disfrazado de genio, con la ropa empapada de pintura y un cañón en las manos que escupía color en tres dimensiones, que a la calidad de la obra, más que dudosa.

Hay una educación sentimental en el arte del disfraz. De niño, tienes uno para ir al colegio y otro para los domingos. Tengo una foto de preadolescente en casa de mi abuela, en Navidad, en la que visto americana y corbata -creo que por primera vez, y casi la última- para tratar de emular al joven que todavía no era. El gesto es dramático, pero no convencí a nadie. Parece que ser el que no eres da más seguridad que aceptar quién eres en realidad.

En los años setenta estuve un año entero disfrazado. Todos los días. Fue durante el servicio militar. Primero de recluta, para tratar de anular mi personalidad, después como aspirante a oficial o suboficial y, finalmente, como suboficial. Funciona. Vaya si funciona. Estaba irreconocible. Conocí a uno de mis mejores amigos vestido de esa guisa y se lo creyó. Yo llevaba tres meses en aquel cuartel de Algeciras y él acababa de incorporarse como alférez médico. Lo fui a ver porque me había picado una avispa en la mano y se me había hinchado hasta casi doblar su tamaño. Exagero, pero no mucho. Daba un poco de miedo. Me vio venir con uniforme de faena, galones y gorra calada, brazo en cabestrillo, y me dijo: “Vaya, vaya, sargento, veamos esa mano”. Por un momento creyó que estaba ante una máquina de matar.

Ahora estamos confinados en nuestras casas, haciendo frente a un enemigo formidable: un virus. No hay disfraz que valga. Ni el de presidente del gobierno: traje oscuro, corbata roja y mirada Churchill, ni el de ministro, que va de experto, pero parece más desconcertado que cualquiera de nosotros. Se les escapa la risa, con perdón, cuando después de siete horas de reunión hablan de tintorerías y peluquerías. No es un lapsus, es que no son quienes dicen que son.

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